18.5.18

Las Erinias o de la manera en que se resuelve un conflicto antes que medie la ley.



“La justicia es el gobierno del pueblo, el cual es la individualidad presente a sí de la esencia universal y la voluntad propia y autoconsciente de todos. Pero la justicia que le devuelve el equilibrio a lo que universal que sobrepuja al individuo singular es, en la misma medida, el espíritu simple de aquel que ha padecido la injusticia-no se descompone en el que ha padecido  y en alguna esencia que esté  más allá; aquél es, él mismo, el orden subterráneo, y es su Erinia la que urde la venganza; pues su individualidad, su sangre, sigue viviendo en la casa; su sustancia tiene una realidad efectiva duradera. La injusticia que pueda hacérsela al individuo singular en el reino de la eticidad es solamente esto; que a él le ocurra pura y simplemente algo”. (Hegel, G. “Fenomenología del espíritu”. Pág. 299. Editorial Gredos. Madrid.2010).

Las Erinias, en la mitología griega eran personificaciones femeninas que perseguían venganza, buscando a los autores de ciertos crímenes o supuestos culpables de los mismos. Son anteriores a los dioses olímpicos, por tanto no están sometidas a la autoridad de Zeus.
Al pasar a la consideración de la mitología romana, se las tradujo como las “furias” termino que resignificó, acendrando su función por fuera de la ley, o lejos de la misma (en su tensión de género incluso, dado el significante ley como lo masculino y la dimensión de las Erinias como personajes femeninos) y más próxima a la mencionada venalidad de origen.
No debe resultarnos extraño por tanto, que episódicamente, en diferentes circunstancias de lo que damos llamar historia, reaparezcan, estas formas, maneras o metodologías de reaccionar ante algo, a los efectos de conseguir mediante ello, una compensación, así sea, espiritual o abstracta, que se materialice, mediante la penalidad, reprimenda o castigo, hacia quiénes hubieron de perpetrar la acción que obliga a esta reacción, que será entendida, más luego, bajo la consideración de lo que se entiende por justicia, o búsqueda de la misma, como si fuese algo más auténtico, ejemplar o incluso justo, que el aguardar el proceso que impone o impondría la norma o la ley.
Aquí está la cuestión. El andamiaje de lo jurídico-legal, como reaseguro de lo legitimador de un sistema político-social y económico, no llega en tiempo y forma, para, brindar como servicio, justicia, a  la víctima de una violación, llevada a cabo por una horda de malvivientes. Esta debe, para sobrevivir, es decir sobrellevar su dolor-experiencia, celebrar una exploración arquetípica de cómo reaccionaría no ya como víctima, bajo su nombre y apellido, sino como representante de lo humano, de la condición humana.
Así encontramos, en todas y cada una de las comarcas, que etiquetadas bajo la rúbrica de lo democrático, de la división de poderes, y en plena ascensión o extensión de las capacidades de lo humanidad misma, mediante la profundización de la técnica, o de la constitución del brazo armado de la “inteligencia artificial”, incontables experiencias en donde, el camino como respuesta, es que se vuelva, se retorne, se forcluya, a tal estadio en donde, facciosamente, se persigue, a los responsables de haber quebrantado una armonía, para qué, al decir de Hegel, les ocurra algo, es decir, para que lo entendamos luego, se genere justicia.
La falta de credibilidad de la ciudadanía con respecto a la justicia, tal como se la propone el propio sistema, como servicio, tiene que ver, conque no trabaja, culturalmente, desde este pliegue o esta perspectiva.
Se le impone, al ciudadano, desde la artificialidad, de un supuesto sistema de contrapesos, en donde lo justo tendría que interactuar con los que ejecutan y los que redactan la ley (de eso que se define como justo), sin embargo, a nadie se le explica que la acción que uno perpetra con respecto a otro, posee una incidencia, insospechada, por sobre el conjunto, por sobre el colectivo, redefiniéndolo y modificándolo en esa dinámica.
Sí yo, como sujeto pasible, de una agresión por parte de otro, en búsqueda de que le ocurra algo, por lo que me hubo de hacer, le genero un daño mayor o un daño de otro tipo (por ejemplo mancillar su honor) en otro orden, participo de la cosmovisión general que se tiene con respecto al conjunto de comportamientos humanos.
Es decir, pasamos de temer a una ley, que no se cumple, que no se aplica, o que en nombre de ella, se edifica un servicio que no funciona o funciona mal, al pavor, que nos produce, la reacción que pueden tener los otros, sea cual fuere la misma.
Todos tendríamos el mismo derecho a acudir a nuestra memoria arquetípica, a nuestra necesidad de “venganza” o de que al victimario le ocurra algo, en tanto y en cuanto, el servicio de justicia, siga funcionando, tal como lo hace, diciendo y declamando que actúa, pero escondiéndose en los pliegues de esa funcionalidad, solo normativa, performativa o en papeles, en concepto esgrimido en papel.
Finalizando, regresamos a la cita de Hegel, a su inicio, cuando determinadamente expresa que la justicia es el gobierno del pueblo, allí es en donde la política debe actuar, explicita y profusamente. La falsa independencia, que se le hubo de arrancar, a Montesquieu en una de sus vaguedades teóricas, debe ser puesta en cuestión. Debemos ajusticiar el concepto de que lo justo, puede ser patrimonio, de seres angelados, de semidioses griegos, los jueces, que, bajo la discreción, fallan, sin tener reparos, siquiera en esa supuesta ley que los ordena.
Definir lo justo, es la cuestión central y sideral, en que el poder político, debe concentrarse para que el pueblo, pueda tener una experiencia semejante, o cercana, a tener que ver, conque plantee sus intereses reales, y no dejar que les sigan engañando, bajo la mentira perversa de lo representativo.
El pueblo, la ciudadanía, cuando pretenda, hacerse con el poder, debe ir por definir el sentido de lo justo o de la justicia, antes que elegir diputados o gobernantes, el votante, sea a través del voto o como fuese, debe elegir su forma (con jueces o de otra manera) de cómo, los intereses y las prioridades, se definen en relación al colectivo del que es parte, al contrato que lo tiene sujeto y que en letra chica y diminuta, siempre suscribe la palabra última, en donde se establece, finalmente, quiénes o quién, determinara lo que corresponde o no, y en este último caso, las penalidades que le corresponderían a los infractores o victimarios, como sustrato de lo político o de la máxima expresión del poder.

2.5.18

La filosofía es Ñandutí o del arte de tejer, hilados como palabras.





La filosofía como creación. La definición conceptual de filosofía ha sido inquietud de diversos filósofos a lo largo de la historia, dejando como resultado innumerables concepciones en diferentes contextos y épocas. Cada concepción permite darle un enfoque de acuerdo a la definición que se tenga, no existe una respuesta única y una definición exacta de lo que es filosofía, cada filósofo la caracteriza de acuerdo a sus presupuestos teóricos; es por ello que uno de los principales debates y discusiones tradicionales del ámbito filosófico es su definición. Es pertinente dedicar un espacio para conceptualizar el término filosofía. Para el presente trabajo se asume la perspectiva de Deleuze y Guattari (1993), quienes afirman que “la filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos […] crear conceptos siempre nuevos, tal es el objeto de la filosofía. El concepto remite al filósofo como aquel que lo tiene en potencia, o que tiene su poder a su competencia, porque tiene que ser creado” (pp. 8 - 11) Es decir, la tarea del filósofo es examinar, validar o invalidar los conceptos, pero su labor no termina allí, también es crear sus propios conceptos e innovar en la creación de éstos, establecer un sistema para analizar su tiempo y su cultura; por medio del concepto se analizan los acontecimientos. El filósofo no sólo se ocupa del pensar y del entendimiento, sino también de los aspectos de las diversas dimensiones del ser humano.
La filosofía no es estática, por el contrario es dinámica, se dedica a los problemas que son necesariamente cambiantes de acuerdo a la época y contexto, siendo la filosofía por medio de la creación de conceptos una actividad vital cercana al mundo, pues los conceptos no se tienen como un objeto de colección obsoleto sino que sirven en un aquí y un ahora.
La filosofía por medio de la creación de conceptos se conecta con lo creativo, lo sensible y lo crítico: con lo creativo ya que la creación es la dimensión de un pensar diferente, pues se edifican conceptos que traen consigo nuevas y diversas posibilidades de ver el mundo; con lo sensible porque desde la creación del concepto se piensan los problemas tangibles los cuales deben ser percibidos a partir de lo vivo, de lo exterior, y se requiere sensibilidad para responder a ellos; con lo crítico ya que por medio de la definición existe una mirada para observar el mundo, preguntarse por él, analizarlo, y encontrar parámetros para relacionarse con la vida. El concepto es para el filósofo como el lienzo para el artista o la melodía para el músico, el filósofo se expresa en el concepto, es su obra de arte, es su quehacer.
La creación de conceptos articula y crea conexiones con otros conceptos que se convierten en absoluto y al mismo tiempo en relativo; intenta ser universal, ser un todo y, simultáneamente, hace parte de lo particular, de lo fragmentado, de una historia. La filosofía como creación de conceptos busca encontrar nuevas maneras de pensar que conducen a nuevas maneras de relacionarse, ver, entender y escuchar el mundo. Con ello se generan encuentros para vivir otras experiencias. La creación de conceptos permite la crítica y al mismo tiempo la creatividad, es decir:“Los filósofos se pueden clasificar en edificadores (creadores) y sísmicos (críticos); en los dos casos los conceptos se convierten en movimiento y vehiculizan la creación y la crítica; la creación deviene de la crítica y la crítica deviene de la creación” (Pulido-Cortés, 2009, p. 96)-La creación de conceptos se convierte en una nueva posibilidad, un acto particular y no una designación que limita la sensibilidad y la experiencia propia, no es un concepto dado, tampoco se impone, sino que es el reflejo de un acontecimiento. “Los conceptos no nos están esperando hechos y acabados, como cuerpos celestes. No hay firmamento para los conceptos. Hay que inventarlos, fabricarlos o más bien crearlos, y nada serían sin la firma de quienes los crean” (Deleuze & Guattari, 1997, p. 11). El concepto no está hecho sino que es una invención del filósofo que se conecta con la realidad, una experiencia que convierte los conceptos en temporales y no en universales, es así como los conceptos no son dogmáticos, ni una imposición. La filosofía se encuentra con la creación, pues este encuentro permite construir nuevos pensamientos que fabrican el concepto para repensar constantemente los acontecimientos del mundo (Por Liliana Andrea Mariño Díaz).
En Paraguay, expresión acabada de lo más auténtico de lo latinoamericano, según cuenta la leyenda y atestigua la historia que no cede en el presente el “Ñandutí” no sólo es una peculiar técnica de tejido, sino que la misma, se imbrico, es un resultante de la complexión, del sincretismo de la cultura de dos mundos que no en tantas oportunidades, generaron o devinieron en estas maravillas a observar y que nos observan.
Aquí empieza la relación, íntima entre filosofía y ñandutí. No solo que ambas prácticas, o ejercicios, se producen como tales, producto del maridaje cultural citado, sino que toman características específicas, ni bien se consustancian con lo que, desde estas tierras podemos pensar, para luego tejer, con palabras eso que pensamos, es decir filosofando desde nuestro lugar en el mundo, tal como la tejedora lo hace en referencia a la araña que dejo estampado su paso entre árboles, sin preocuparse en ser vista o no por el fenómeno humano.
Este es el punto de partida que presentamos no sólo para indagar la posibilidad de una filosofía latinoamericana, como ya la vienen trabajando con símbolos tomados de nuestra madre tierra, como el colibrí tal como en Europa se tomó a la Lechuza para vincularla con la filosofía, y por intermedio de métodos como el analéctico profesados por enormes como Dussel o Cerutti, sino que, la urdiembre con la que se nos presenta la supervivencia del “Ñandutí” nos habla a las claras, que debe ser el blasón, el punto de partida de como sostener lo democrático, por intermedio de ese tejer, en este caso, palabra y logos.
Tal como saben, los del arte del tejido que se referencia en el producido de la araña, tras la guerra grande, que Paraguay padeció, rescató o logró que sobreviviera, una de las tantas que hasta entonces, conocía los misterios del Ñandutí.
La oclusión de la política, que es la guerra, la supresión del logos, por poco fulmina el tejer, no solo hilados, sino también palabras, es decir, lo político mismo como tal.
Debemos quiénes nos dedicamos a lo teórico, como lo práctico, tanto de la filosofía como de la política, tener o aumentar nuestros saberes en el hilar.
El Ñandutí es un punto de partida obligado para los que pretendemos pensar lo político y a partir de ello, crear o construir un tejido social que tal como el de la araña,  sea sólido como dinámico, y de un alto valor estético como cultural por su concepción justa y ecuánime.

14.4.18

Los misiles que salen desde Tiqqun.


El término que dio origen a una publicación francesa,  es la transcripción afrancesada del vocablo de origen hebreo Tikún Olam, un concepto de uso frecuente en el judaísmo tradicional empleado en la tradición cabalística y mesiánica, que significa (todo al mismo tiempo) reparación, restitución y redención, y que recuperan en gran parte, y entre otras, la concepción judía de la justicia social. Tiqqun es la reverberación de un Partido Imaginario que, partiendo del lugar en el que se encuentra, de su posición, emplea o persigue el proceso de polarización ética, de asunción diferenciada de formas de vida. Este proceso no es otro que el Tiqqun. Es el devenir real, el devenir práctico del mundo; el proceso de revelación de toda cosa como práctica, es decir, ocupando su espacio en sus límites, en su significación inmanente. El Tiqqun es que cada acto, cada conducta, cada enunciado están dotados de sentido, en tanto que suceso, se inscribe a sí mismo en su metafísica propia, en su comunidad, en su partido. Esto mismo es un disparo, de este no lugar real, o imaginario en que se constituye esta metrópoli de espíritus, donde la capacidad más destacable no es la del ataque o la del disparo, sino su contrario, que no puede ser alcanzada por ninguna bala, misil o armamento real, como tampoco por ninguna disposición absolutista o dictatorial que encierre, encarcele o suprima, mediante la coacción o la indiferencia, los vocablos de quiénes pretendemos una humanidad mejor, desandando un camino o varios, para ello.
Mientras una masa ingente aún se sigue preguntando porque en la figura, cada vez más ficticia del estado nación de cada uno de los países en crisis, sobre todo aquellos en donde los pobres y marginales, en su gran mayoría y estructuralmente, nacen, viven y huyen de sus geografías para irse a otros sitios en donde el mismo sistema funcionaría (sin ellos claro, esta, que son conminados a archipiélagos de excepción), otros, estudiamos una repuesta integral, abarcadora e inclusiva.
Hasta ahora, cuando se ha dado algún efecto al derecho de autodeterminación y allí donde se le ha permitido tener efectos, en los siglos XIX y XX, llevó o habría llevado a la formación de estados compuestos por una sola nacionalidad (es decir, gente hablando el mismo idioma) y a la disolución de estados compuestos por diversas nacionalidades, pero solo como consecuencia de la libre elección de aquellos con derecho a participar en el plebiscito. La formación de estados que comprendieran a todos los miembros de un grupo nacional, sería el resultado del ejercicio del derecho de autodeterminación, no su propósito. Si algunos miembros de una nación se sienten más felices siendo políticamente independientes que formando parte de un estado compuesto por todos los miembros del mismo grupo lingüístico, por supuesto, se puede tratar de cambiar sus ideas políticas mediante persuasión, para atraerlos al principio de nacionalidad, según el cual todos los miembros del mismo grupo lingüístico deberían formar un solo estado independiente. Sin embargo, si se busca determinar su destino político contra su voluntad, apelando a un supuesto derecho superior de la nación, se viola el derecho de autodeterminación no menos efectivamente que practicando cualquier otra forma de opresión.
Esta misma autodeterminación de pertenencia, debería ser pragmáticamente instalada para las formas de gobierno actuales. Sobre todo en aquellas democracias en crisis, que bien podrían retornar al sistema monárquico (claro que lo más común sería al revés, sobre todo sectores de izquierdas o republicanos que creen no serlo, por estar dentro de un sistema monárquico, aunque más no lo fuese, este mismo, casi eminentemente simbólico. Pero la idea intelectual es probar siempre caminos inexplorados o no corrientes). Es decir, se debería establecer una consulta popular sencilla y fácilmente practicable, para que de tanto en tanto, la ciudadanía ratifique o rectifique su sistema democrático o que pueda ser consultado, por ejemplo sí desea retornar o tener por primera vez una monarquía que lo gobierne.
Tal como expresamos, las categorías de la filosofía política para continuar determinando sistema de gobiernos como los que toleramos, no hacen más que contribuir a la confusión que otorga galardones a las estrellas del mundo académico intelectual que lucran con la misma, enfangando lo que debería ser una profusa dedicación teórica para tener un sistema mejor, en una discusión bizantina con autores fallecidos que perviven en el memorial de esas bibliotecas a los que sólo acuden estos, obligando a sus educandos a revivirlos, bajo lecturas soporíferamente obligatorias.
La democracia como definición conceptual debe ser revisada, redefinida y reconvertida. Esto mismo lo hacemos, desde el precedente de “Tiqqun” desde su principio de justicia social y de su existencia, imaginaria, fantasmal como perteneciente al campo de lo inconsciente. A las líneas, que son las de la naturaleza,  que no imponen líneas rectas o figuras totalitarias como el número.
Desde el partido Tiqqun, de este distrito, desde donde usted lee, proponemos lo siguiente:
Democracia paso a ser lo electoral, la elección. Pero el rito en sí mismo, el traslado del plano real, con parada en el imaginario y destino actual al simbólico. El costo, es que hemos banalizado la acción de elegir, dado que ni votando, ni en la gimnasia democrática a la que nos hemos acostumbrado, elegimos, solamente, repetimos, vana y vacuamente, el ritual que nada tiene que ver ni con decisiones comunitarias o por ende con políticas públicas.
Existen cientos de trabajos que destacan, casi como experiencias cotidianas, referidas a las múltiples causas  por las que eligiendo, y valga la redundancia mediante elecciones a nuestros representantes, dejamos de elegir, tal vez, el que concite un mayor grado de uniformidad de explicaciones es que habiéndolo supeditado todo a una elección, como ciudadanos, hemos abandonado y nos hemos preocupado muy poco por ello, o lo hemos hecho exprofeso, la posibilidad de elegir. Nos empezó a dar igual, nos la sudaba, que al fin de cuentas los elegidos no eligieran nada concerniente  a lo público, es decir a lo político, que además fuesen siempre los mismos, constituyéndose en grupo, clase o facción, que se granjearan ganancias siderales de las que no podrían haber alcanzado mediante cualquier otro medio laboral, que finalmente, asistiéramos casi, en desgano, o en una suerte de eutanasia progresiva, a sostener lo democrático, cómo idea, como abstracción, como paraguas protector de ciertos comportamientos, bajo el ritual de elecciones que no eligen nada.
 La ruptura de la armonía deviene finalmente, como en una cinta de Moebius, en un lugar anterior, que parecería el mismo, pero que sin embargo, no lo es. Para dejarlo en claro, todo aquello que beneficiaba y que constituyó, esa misma constitución fue el primer beneficio, a la clase política, a la facción de representadores, ahora empieza a perjudicarlo en grado sumo. Las elecciones que no eligen, que no definen política, ni nada, sino que simplemente se realizan como simbología diletante de aspiraciones fetichistas y que antes beneficiaban a esos pocos, constituidos en políticos, ahora amenaza con devorarlos, con llevárselos puestos.
Podríamos dar muchísimos ejemplos, en cada aldea que se precie de democrática existirá alguna referencia que hable acerca de la dificultad de contar los votos, de resolver la elección misma, o que esta simple operación o traducción matemática no se manifieste en la realidad. En el país Americano de mayor tradición democrática, no gobierna quién obtuviera la mayor cantidad de voluntades para conducir los destinos de tal país. En el resto del continente, por la aparatosidad en que transformaron lo electoral, por la pobreza que lo democrático no sólo no redujo sino que acrecentó, las elecciones se constituyen en festivales orgiásticos del uso al pobre, al marginal, la cosificación de las necesidades más básicas se cuentan una a una, para ver que facción ha juntado al menos una más que la otra para hacerse con el botín del gobierno.
 Europa tampoco escapa a la problematización de lo electoral en lo democrático en términos de haberla convertido en tal fetiche. El dispositivo que hubieron de encontrar, llamado democracia participativa o directa, cae como réplica, indubitablemente.
Independientemente de la cantidad de veces que se vote, no pasa por esa cantidad de veces de votar, ni de los términos de la votación, el que podamos elegir, cuestiones políticas. Esto es precisamente el eje de los debates actuales que se dan por los distintos referéndums en el viejo continente.
Aproximase, como respuesta, que va tomando fuerza, desde lo teórico, para lo que se multiplican encuentros, foros, en donde personalidades de reconocida trayectoria internacional, empiezan a dar el visto bueno a que se incorpore (otros dicen se sustituya) el azar, la suerte, el sorteo, para que mediante tal ucase, tal designio de la diosa fortuna, constituyamos a nuestros representantes políticos, podamos resolver la gran cuestión de sí verdaderamente elegimos en política, haciendo interceder, expresa y acabadamente al azar.
Tal vez una democracia en donde la suerte elija (en términos académicos demarquía o estococracia), por sobre el condicionamiento del pobre que por su pobreza que la política no ayudó a mitigar tampoco elige, por sobre el ciudadano que timado por el sistema electoral que  tampoco elige, haciéndolo creer que sí, finalmente podamos valorar no sólo la posibilidad de elegir, sino lo democrático, que es una elección, pero por sobre todo, mucho más que ella misma.


22.3.18

El pago a Caronte o la prueba, atávica, de la corruptibilidad democrática.



El barquero, al que había que pagar (con un óbolo materializado en moneda) para ser conducido, una vez muerto, al Hades, cobra una repercusión tardía, merced a que es producto del fenómeno democrático Griego. La aristocracia, tenía a Hypnos o a Thanatos, no necesitaban demostrar, mediante una moneda en el rostro, que algo más tenían que comprar, una vez terminado sus días en la tierra. Dante populariza a Caronte, que, resultante mitológico de lo democrático, hubo de instalar que más allá de la vida, se necesitaba, al menos un bien (la moneda) para llegar al responso final. Producto de la cultura medieval, el autor de la divina comedia, en pleno contexto de lo que se conocería como ventas de indulgencias o “simonía”, hace gala de su genialidad al dar visibilidad a Caronte, quién bien podría ser el representante fidedigno, de nuestra democracia occidental actual, del empresario de turno, corruptor como corruptible, el Odebrecht en América, el Scarano del Vaticano o cualquier apellido en las diversas aldeas de occidente que quedaron y quedan como emblemas de la relación, tanto irresoluta como inabordable entre política, poder, corrupción y democracia.
Caronte, poseía conceptualmente la misión de guía. Se trataba de un “Psicopompo”, término que proviene del griego psychopompós, que se compone de psyche “alma”, y pompós “el que conduce o guía”. Un ser que custodia el viaje de las almas que abandonan el mundo de los vivos.
En la mayoría de las culturas estudiadas, este rol siempre tuvo una significación como una significancia, rutilante.
Desde los chamanes o conocedores de los secretos del más allá, hasta los actuales analistas que ordenan nuestro inconsciente, o nos sugieren como ordenarlo, siempre esta relación, como todas en donde se entrecruzan posiciones desemejantes, se definen por la propia tensión de poder en la que se desenvuelven.
Para que estas no finalizaran violentamente (la raíz de la violencia es que tiene escasa posibilidad de intercambio o de traducción,  termina más pronto o más rápido), surge el dominio de lo político, en cuanto a una temporalidad, nueva, diferente, como armónica y apacible.
Tras diversas formas o manifestaciones a los que se abocó en su transitar público, el humano, la democracia se constituyó como la representante de lo más justo y ecuánime de la política, que a su vez, era la forma más elegante  de resolver las tensiones de poder.
El precio a cobrarse debía ser tanto alto, como a su vez, oculto o solapado. La democracia debía ser, o parecer, para la gran mayoría, en la medida exacta que sólo prometiera esto, como para no cumplirlo, generando un nuevo circuito de tensión, en esta instancia de lo “democrático”.
Repasemos. Así como la democracia, surgió como resultante de lo político, que a su vez, era un subproducto del poder (del chamán que decía tener relación con el más allá, con la divinidad, del gobernante que decía que debía estar en tal sitial, por la razón que fuere, que en última como primera instancia, siempre la sostenía mediante el dominio o predominio de la fuerza) para que las tensiones, lógicas y naturales, no terminaran tan rápido (es decir tan violentamente), el antídoto o la institucionalidad de la era democrática en la que estamos suscriptos, padece de un juego de tensiones, con sus propios categoriales.
Dado que la democracia propone como telos, como finalidad, un imposible, da rienda suelta a una conceptualización histérica. Todos sabemos que no cumplirá nada de lo que promete, pero en tal pacto tácito, jugamos, tanto víctimas como victimarios, a desentendernos de esta falta de concreción. Haciendo uso de la libertad, sometiéndola al temor, nos conformamos con la esperanza, que alguna vez, será mejor, o que al menos no sea tan desfavorable, finalmente, en tiempos de crisis, nos terminamos de convencer que en algún tiempo, se vivió peor.
Pero la democracia necesita un guía, un barquero, que vincule el mundo de los vivos con el de los muertos, o en la escenografía democrática, a la que refiere, el campo de los representados con el olimpo de los representantes. No es tan lineal sin embargo, algunas posiciones están invertidas o contra-reflejadas, veamos:
El campo de los representados, de los ciudadanos de a pie, es la vida mundanal, el infierno o la muerte misma, el lugar o destino, es sin duda alguna el olimpo, donde los representantes, viven tal como la democracia promete; con la posibilidad de tener, y sin preocupación acerca de cómo, sino de simplemente, tener la libertad de elegir todo lo que se pueda acumular, sin culpa, ni pecado, ni elemento cuestionador. Se debe cruzar la laguna Estigia o el Aqueronte, para ello, necesitamos vérnosla con nuestro Caronte democrático, que es ni más ni menos que la figura del “transa” del “lobysta”, de quién nos exige, que acordemos, que le paguemos, para que no alerte a los demás de que se trata el juego o la tensión a resolver, asimismo, acuerda, sobretodo, con los que habitan el Olimpo, para que tal lugar no se llene.
El Caronte democrático, es el elemento corruptor que ordena que en “topus uranus”, en el mejor lugar posible para vivir, no se democratice la llegada a tal sitio (de lo contrario dejaría de ser cómodo como atractivo y por ende placentero) pero para ello, debe alentar a que esto sea posible, generar esperanza en el mundo de los comunes, y cada tanto consagrar a uno de estos, llevándolo al olimpo. Asimismo, para fortalecer el circuito, el Caronte democrático, trae de tal olimpo, a alguno que otro, a una especie de isla, llamada justicia, en donde supuestamente es condenado, o bajado, para que en ambos mundos se crea que existe una suerte de equilibrio.  
El Caronte democrático, actúa mediante el cobro, solapado, dado que necesita que se concrete, mediante el bien material específico y determinado (por lo general siempre son valijas o bolsos rebosantes de billetes) todo aquello que la democracia (histérica) jamás cumplirá. Algo se tiene que cumplir y es esto mismo, la escasa (y que perversa como funcionalmente, se promete como amplia y múltiple) movilidad entre los mundos separados y distantes.
Los mundos, abismales, agonales, a los que dialéctica como seductoramente, la democracia evita que se distingan y que cada tanto une, vincula, a través de los llamados actos de corrupción, que en el fondo no son más ni menos que las poco frecuentes veces, que se convierte en realidad el intercambio de habitantes entre mundos tan equidistantes, como ferozmente opuestos y controversiales.
La corrupción, no es una deformación o desviación de un sistema político determinado (la democracia), ni tampoco un mal o un síntoma cultural. La corrupción es el reflejo de la laguna Estigia o el río Aqueronte, en donde no podemos ver nuestra propia imagen corrompida, pero sí la del otro, tal como sucede con el deseo de estar en el lugar en el que no estamos y de allí la necesidad de un guía, de un barquero, al que, naturalmente, debemos pagar y del que sólo pretende de nosotros, eso mismo, que le paguemos. La democracia cumple cuando cobra, es decir se traduce como hecho y promete cuando no lo hará, al simbolizarse como expectativa y como posibilidad, siempre como posibilidad, de que las cosas sucedan, por más que solo sucedan, corrupción o Caronte democrático, mediante.


  





14.2.18

Propuesta de reforma democrática; el voto anticipado.


El presente instrumento pretende acrecentar la calidad democrática, en tiempos electorales, generando al ciudadano, la posibilidad de que adelante su voto, el sufragio, el pacto tácito que realiza con sus representantes, a los efectos ulteriores de que el sistema político se adapte, se amolde, a las necesidades actuales de la ciudadanía contemporánea, y no en sentido contrario, como se acostumbra que sea el ciudadano el que se vuelva a adaptar a un sistema que cada vez le exige más sí, pervirtiendo de esta manera la razón de ser una forma de gobierno que se define como la que dimana del pueblo mismo, defendiendo los intereses de este.
Al establecer la posibilidad de un voto anticipado, se conseguirían modificaciones sustanciales, giros copernicanos en la política cotidiana, que al constituirse en concomitantes, complementarias o en paralelo, con el voto o sufragio clásico y tradicional, de ningún modo significara una ruptura conflictiva, una instancia revolucionaria traumática, sino simple y llanamente la consolidación de la democracia misma, resignificando, desde lo electoral su definición histórica como etimológica.
El voto anticipado, permitirá que el ciudadano, en los tiempos actuales en donde considera un valor positivo el compartir sus gustos, preferencias y elecciones, ante sus semejantes, por intermedio de plataformas virtuales o de redes, haga lo propio con su preferencia electoral o política. El voto o sufragio clásico, que en varias aldeas occidentales, sigue amparado por ley, para que se lo respete en su condición secreta, fungió con utilidad hace décadas atrás, cuando las realidades sociales y existenciales no habían sido gravitadas por la explosión del mundo digital y de la cada vez más influyente inteligencia artificial. Sería más que una falta de tino el señalar, como se vio modificada la vida diaria del occidental promedio, de dos décadas a esta parte, más bien, es incomprensible como aún no se haya generado, hasta esta oportunidad, la posibilidad para que el ciudadano moderno, pueda hacer visible, pueda exteriorizar sus elecciones políticas, y en el caso de que lo decida que lo comparte y difunda, tal como lo hace con todos los otros (al menos tiene tal posibilidad) aspectos de su vida que no solo son considerados públicos, sino también áreas o zonas privadas.
El voto anticipado se acendra sobre el valor por antonomasia que brindan las democracias, en crisis, actuales. Sí algo cumple lo democrático, en todas y cada una de las aldeas occidentales en la que se presenta como tal, es que con cierta, normal y respetada, periodicidad, se vota, para elegir gobernantes o representantes. Esta única certidumbre que brinda la democracia actual, llega a tal punto de consecución, que hasta las fechas electorales en muchos distritos se sostienen, totémica como inamoviblemente. Los martes de noviembre, en el norte, como los agosto y octubre en años impares en Argentina, son citas irrenunciables, que rubricadas por la norma y avaladas por la costumbre, se replican en  casi todos los lugares (variando las fechas claro está) en donde la democracia cumple con el único requisito que promete, y mediante tal cumplimiento se sostiene en gran medida como un sistema que respeta y promueve las libertades.
El voto anticipado surge desde la perspectiva ciudadana, como si fuese una flor silvestre es más fruto del azar entendido como necesidad, que producto de un laboratorio académico. A diferencia de teorías y propuestas políticas, realizadas (como pagadas) por intelectuales para el poder reinante, o para la facción pretendiente de tal, el voto anticipado surge a solicitud de la desesperanza y la desazón colectiva que dimana del fenómeno democrático y que paradojalmente nos insta a que democráticamente reformemos la democracia.
El voto anticipado, lograra modificar sustancialmente el eje desde el cual se realizan, frustradamente todos los intentos hasta ahora de dotar de mayor calidad y participación a las democracias actuales.
El voto anticipado permitirá que el tiempo corra del lado, o transcurra en favor del ciudadano y no del sistema, que por más que semánticamente se denomine democrático, atenta contra la democracia ciudadana, tal como está diagramado en la actualidad, en donde se abre, se genera, se insta a una suerte de periodo de caza, en donde la única víctima termina siendo el mismo ciudadano para el que supuestamente se hubo de abrir el período electoral que se constituye en la cárcel en donde perece la libertad política ciudadana.
El voto anticipado fungirá en paralelo con el voto tradicional o clásico, es decir que la existencia del mismo no significará, como expresamos la anulación de lo existente, sino que se da, como una instancia democrática más, para que el ciudadano, en caso de que así lo considere, haga uso de ese derecho que le permitirá, dar a conocer su preferencia electoral, manejar los tiempos políticos a su buen entendimiento y no quedar preso de las estructuras que determinan lo democrático y lo político, y finalmente, contribuir a que lo electoral sea más transparente a nivel financiamiento como distendido y claro a nivel publicitario.
El voto anticipado, en función de lo expresado en esta suerte de versión sintetizada, funcionaria de la siguiente manera que detallamos.
A los noventa de días de finalizada una elección, es decir del último comicio o jornada electoral, se abre un registro, que orbitará dentro del organismo electoral pertinente de cada distrito, en donde los candidatos que pertenezcan a los diversos partidos existentes, como los independientes (es decir que no están afiliados o anotados a ningún partido) se podrán registrar, en forma voluntaria, en caso de que deseen recibir votos anticipados. Bajo un registro sencillo, los candidatos solo deberán inscribirse en la categoría escogida (a diputado, presidente, gobernador) a la que desean presentarse, siendo esta única como inmodificable). Al mes de haberse abierto el registro, el mismo se cierra, dando a conocerse el listado final de los que compiten. El período de recepción de voto anticipado se posibilitará hasta cien días antes de las elecciones establecidas, tradicionales y clásicas, en donde podrán sumarse, todos los candidatos que no hayan hecho uso de la opción de recibir los votos anticipados. El cómputo de sufragios o resultados obtenidos del voto anticipado, formalizará únicamente cómo candidatos efectivos, es decir que puedan conmutar como votos traducibles en la elección final, a todos aquellos que superaron en cantidad el cinco por ciento de los votos totales anticipados emitidos. Los ciudadanos que hayan hecho uso de la opción del voto anticipado, así finalmente sus candidatos no hubieran  de lograr el cinco por ciento, no podrán volver a votar, dado que el voto seguirá siendo único, posibilitando solo, el hacerlo tiempo antes de la elección o en el modo tradicional y clásico en el momento mismo.
Todos los ciudadanos que no hayan hecho uso de la opción del voto anticipado, votarán el día de la elección tradicional, en donde podrán votar o sufragar por los candidatos que hubieron de haber superado el porcentual de cinco por ciento, teniendo la cantidad de votos anticipados obtenidos como piso, como por los candidatos que decidieran no hacer uso de esta opción (estará en ellos el de establecer sus respectivas conveniencias, la posibilidad está dada para que elijan desde su buen entendimiento) y en caso de los cargos ejecutivos, ganará quién obtuviese la mayor cantidad de votos sobre los totales, es decir los anticipados y los clásicos. En caso de los cargos o lugares legislativos, se distribuirán las bancas o espacios, por el sistema de representación que impere el distrito (D´Hondt o el que fuese) y la cuestión partidaria o partidocrática, será determinante más luego, en  el ejercicio propio de la representación y no antes (es decir se supone que los que se presenten por un mismo partido tendrán una comunión de ideas o empatía que sólo será comprobable en el hipotético ejercicio sí es que llegan más de dos de una misma expresión política).
Finalmente y más allá de todas y cada una de las adaptaciones o ajustes que se puedan realizar al voto anticipado, destacamos, finalmente, esta condición de personalización que le brinda al votante esta irrupción del voto anticipado, más allá de todo lo narrado, también podrá votar por la candidatura o el candidato que desee (y no condicionado por listas, por anexos, por decisiones partidarias previas), en una nueva y cabal muestra más, que esta propuesta promueve e insta a que sea el sistema el que se amolde a la decisión del ciudadano y no viceversa, en tren de una restauración de lo democrático, desde su semántica, su etimología, su valoración, su conceptualización, su adaptabilidad y las condiciones de libertad política que debiera generar al solo mencionar su nombre que con propuestas como la presente se consuman en grado sumo.

Por Francisco Tomás González Cabañas.
También autor del; voto compensatorio, gabinete ciudadano, cupo generacional, índice democrático y demás propuestas de reforma electoral, democrática y redefiniciones de la política y sus categorías.

   

24.11.17

La democracia imperial; caso Honduras.


Las elecciones presidenciales que tendrán  un ejército de observadores internacionales para legitimar el proceso, contarán con la peculiaridad que el actual primer mandatario (Hernández) podrá ir por su reelección, gracias al poder judicial de su país (al que obviamente se encargó de modificar o conformar) que, manifestación leguleya más o menos, pulverizó la disposición constitucional que impedía la reelección. Ocho años atrás, otro Presidente (Zelaya) hubo de ser destituido por pretender la misma reelección, a la que, a la luz de los resultados, busco en aquel entonces por la vía incorrecta; pretendió un plebiscito habilitante (algo que llevó a cabo Morales en Bolivia y de lo que se está arrepintiendo tras sus resultados) en vez de ir por la senda adecuada; fallo judicial y cobertura mediática-comunicacional. Desde los sectores que pretenden institucionalidad democrática en Honduras, se acuño la expresión de “Democracia imperial” sucede que sienten y padecen, que además de tantos vejámenes, serán víctimas también del europeísmo que los colocara este domingo de elección, como el cobayo de laboratorio, pasible de experimentos de politólogos que ven democracia en lo electoral, que observan división de poderes al encontrar siempre un legislativo que adscribe, con vicio ratificatorio, cualquier empresa que dimane de lo híper-ejecutivos y como siempre, olvidan, en el sentido heideggeriano, que lo radicalmente importante y decisorio, orbita en el judicial. Tal como lo describiera Foucault en sus conferencias, traducidas a libro “La verdad y las formas jurídicas”, el poder judicial nace y se entrona como la mano militari del emperador, del gobernante, que luego devino en ejecutivo y que revolución francesa mediante, se apelmazó, se travistió en un supuesto poder transparente, democrático e institucional, cuando en verdad representa la faceta más caramente oprobiosa del poder entendido como un ejercicio violento y radicalmente autoritario.
Si alguien tuviese la posibilidad de repasar las tesis o los congresos en las diferentes facultades de humanidades, que traten acerca del poder judicial, a diferencia de los que versan sobre los restantes poderes, no habría dudas de que aquel es el menos observado, tratado y por ende, criticado o cuestionado. Ni que decir de los medios de comunicación, pero este accionar es mas entendible, tal vez los criterios de distribución de pauta publicitaria debieran ser fijados y luego  administrados por el poder judicial de cada localidad, la historia de los relatos mediáticos y por ende los relatos políticos, cambiarían drásticamente (habría que ver a favor de quién).  Posiblemente el autor del “Espíritu de las leyes”, o el hacedor de nuestra concepción de la división de poderes, como los contrapesos necesarios para una institucionalidad adecuada y correspondiente, haya prestado un gran servicio para ello también al relatar las formas en que desde Roma se administraba la justicia, propiciando con ello, que desde la formación en derecho se estudie el derecho romano, como el fundamento mismo, desde donde continúa el extraño privilegio de quiénes se dedican a las leyes (académicamente) de tener la posibilidad de formar (en sus jerarquías) parte de un poder del estado, del que no pueden formar parte nadie que no tenga credenciales académicas acreditadas en este saber. Esta característica, sumamente facciosa y controversial, es sin embargo, muy poco cuestionada o visibilizada, a nivel teórico, práctico o mediático, nos hemos acostumbrado, extrañamente, a que la conformación de un poder del estado, el judicial, sea bajo principios, paradojalmente, injustos. Montesquieu, al hablar del espíritu de las leyes, narra no solo los aspectos históricos, tipificando los casos en una cuestionable trilogía de la politología, de la república, la monarquía y el despotismo, sino en sus razones físicas, en donde plantea, excentricidades antropológicas cómo la que formula al expresar que en los lugares de temperaturas más frías los ciudadanos son más afectos a cumplir la ley que en las zonas en donde el calor apremia. Pero en donde está haciendo germinar, la perversión que apoya aquél apoderamiento por parte de los facultados en derecho de un poder del estado, es en dotar de espíritu a las leyes, desde su propio título y habilitar la exegesis, la hermenéutica y la interpretación de construcciones que son afirmativas, apofánticas. Es extraño que aquí tampoco, se haya cuestionado desde la lógica formal al menos, que se pueda  realizar esto mismo. Sí las oraciones que afirman o niegan algo, en un contexto positivo cómo el del derecho, pueden, ameritan y se propician como de interpretaciones interminables, entonces estamos perdidos. Tan perdidos, como en verdad lo estamos, y lo señalan todos los estudios de opinión pública en las distintas comunidades de occidente, en relación a la poca credibilidad que posee el poder judicial o lo poco que se corresponde con un servicio que brinde o garantice justicia. Este poder, que insistimos, ha sido tomado por una facción de la sociedad, a contrario sensu, incluso de quiénes en parte han propiciado esto mismo (citamos a Montesquieu también cuando afirma que la posibilidad de juzgar reside en la selección circunstancial de ciudadanos no atados a profesión) se fue forjando, en razón de esta perversión capital que se hacen de los juicios lógicos. Este laberinto, de supuestas interpretaciones de interpretaciones , que llevan a apelaciones y a la generación de más tribunales que supuestamente discuten, bizantinamente, abstracciones inentendibles de procedimiento, no hacen más que dilatar el pronunciamiento de la justicia, pagando onerosos sueldos a funcionarios judiciales para que den vueltas semánticas o procedimentales, para justificar los ingresos, dimanados de ciudadanos a quiénes se les priva del servicio de justicia que les corresponde. Las interpretaciones de la ley, las exegesis ad infinitum y las exposiciones catedráticas acerca de lo que quiso expresar el legislador (es decir quién construyo la ley, que el judicial sólo tiene que aplicar) debería estar acotado al campo literario, filosófico, de competencia o de interés para quiénes así lo deseen y manifiesten. Sin embargo, en uso y abuso del supuesto espíritu de la ley (ya lo expresamos cuando Montesquieu se puso a pensar sobre el contexto, escribió que la ley se cumple más en los lugares donde hace frío…) se consolidó esta burocracia judicial, este laberinto de expedientes, de papelerío absurdo,  de perspectivas, de marchas y contramarchas, de manifestaciones irresolutas, que al único lugar que nos hacen arriba es al axioma planteado por Séneca: Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía. Claro que esta justicia tardía, conviene a la facción que administra justicia, pues, en sus prerrogativas simbólicas, además del trato de Majestad, como en los tiempos imperiales, la mayoría de los jerarcas del poder judicial gozan de prerrogativas como el no pago de impuestos, la no obligatoriedad de jubilación y el cobro de sueldos u honorarios que siempre son sideralmente superiores que los que puede percibir un maestro o educador (lo ponemos como referencia, pues el propio Montesquieu en la misma obra dedica un capítulo aparte para dar cuenta de la necesidad, sobre todo en las repúblicas de la educación de los ciudadanos: “En el gobierno republicano es donde se necesita de todo el poder de la educación”).

Tal vez la disolución del poder judicial sea un camino. Sin embargo, la existencia de conflictividades entre ciudadanos y los ciudadanos y el estado, continuaría existiendo, por tanto el sendero tendría más razón de ser, sí lo dotamos de una institucionalidad republicana, que se corresponda con la realidad y no simplemente con una argumentación proveniente de una vieja teoría de división de poderes, enmarcada en la necesidad de aquel entonces, por la revolución planteado por los descubrimientos de Newton, principalmente su teoría gravitacional. Esta suerte de necesidad de que los “astros estén alineados” (usado en la actualidad por diferentes comunidades para expresar vulgarmente, que todo este ordenado como debe estar o como nosotros creemos que debería estar) generó la posibilidad, que a nivel político, las compensaciones estén alineadas en una tríada, destacando la importancia ritual y simbólico del tres en la cultura occidental, desde la concepción del padre, la madre y el hijo y luego sus ritualizaciones en el campo religioso.
En todo caso, la política, es decir los políticos entronizados en el poder, deben encargarse de la justicia, de lo contrario, seguirán sometidos a ella, como potenciales víctimas (en tal caso o cuando detentan el poder, victimarios) o como víctimas directas cuando, elección mediante, el poder se les filtra de las manos, por las razones propias del poder. El caso Odebrecht nos exime de mayores ejemplos, estableciéndose quizá como la comprobación de todo lo expresado. El verdadero poder, anida en el poder judicial, que bajo máscaras democráticas, se manifiesta de la forma más brutal, discrecional y barbárica, allí en donde necesite ratificar la lógica enfermiza de que el poder no puede ser administrado, gobernado, manejado o gerenciado por la política.
Sí los políticos siguen pensando en términos electorales, sin comprender que están allí, sea por actuación o por no actuación judicial, cuando se den cuenta, estarán fuera del poder y probablemente en la cárcel.
Se necesitan tanto o más análisis, reflexiones, cuestionamientos, como propuestas de cambio del poder judicial, como elecciones libradas, para que tengamos un camino más eminentemente democrático.






19.11.17

El gran otro de la justicia.


“Cuando una persona le hace daño a otra, la empuja dentro de un laberinto. A partir de ese momento, las murallas encierran a la víctima. Pero en el laberinto no está sola. El culpable del hecho también está adentro. A partir de ese momento la víctima y el culpable quedan unidos. Víctima y culpable comienzan a caminar los pasillos angostos, y quizá perpetuos, de un laberinto compartido” (Sivak, A. “El laberinto y el perdón.”)
La autora narrará luego, metáfora del minotauro mediante, qué precisamos (además del hilo  de Ariadna) para salir del laberinto del dolor y es aquí en donde el soslayar de la justicia, pasa, o nosotros lo hacemos pasar de lo individual (es decir del perdón que le podemos otorgar individualmente al que nos dañó y la necesidad social que tal castigo o punición representa para un colectivo,  a modo de que crea o construya ejemplaridad) a la institucionalidad toda en donde orbita la necesaria saciedad de justicia, que este fijada, en la ataraxia de lo normativo, de la ley y no en el capricho de quién la pueda poner en práctica, imponiendo o supeditando sus juicios individuales (por más que sea considerado juez) por sobre lo que el común establece o entiende como sentido común (valga la redundancia) o consensuado.
Al referirnos  al  gran otro, lo hacemos para referenciar la definición psicoanalítica que propone: “El gran oro designa la alteridad radical, la otredad que trasciende la otredad ilusoria de lo imaginario: no puede asimilarse a través de la identificación. Lacan equipara esta alteridad con el lenguaje y la Ley; por ende, el gran Otro está inscrito en el orden simbólico” (Ref: http://www.psiconotas.com/el-gran-otro-830.html)
La ley estipula y es estipulada a su vez en un conjunto de procedimientos, que bien podrían traducirse como la metáfora de un laberinto, símil al cretense, en donde los victimarios son conducidos a tal lugar para ser victimizados y en el caso de que los procedimientos, mecanismos o fallos, fallen para tal cometido (es decir para hacer justicia institucional, sometiendo al victimario) que todos los observadores o ciudadanos parte, lo único que reclamen es la sed de justicia (maridada de venganza y ejemplaridad) para que todo el transgreda la ley, tenga como destino único el laberinto, y sí en tal transgresión, lastimó, daño o mató, debe ser cruelmente vejada por el minotauro (por otra parte no existe casi otra posibilidad una vez dentro del laberinto).
La justicia entendida en estos términos no está concebida para resarcir, como prioridad a las víctimas, sólo en una instancia muy aleatoria como secundaria. La justicia entendida como este gran otro (aquí pasamos de la lectura psicoanalítica a la política) se construye para saciar la necesidad del poder político que legitima quiénes son los que escriben la ley, quiénes los que la ejecutan, y finalmente los que deben cumplirla, a riesgo de no hacerlo o hacerlo del modo que no es de agrado de ese gran otro político de meterlo, dentro del laberinto de la institucionalidad. Para ser ajusticiado, pero no para emitir o dictaminar justicia, por más que le corresponda o no por el crimen, sí es que no ha o no cometido, en cada caso.
El gran otro político constituyó el laberinto punitivo de la justicia para legitimar a todos y cada uno de los integrantes del poder que lo único que no pretende es que se le arrebate el cetro desde donde disponen que las cosas tal como las dicen, es decir el maridaje entre lenguaje y ley del que hablaba en términos simbólicos, Lacan.  
Finalmente el Teseo, que sí bien para nuestro ejemplo aún no ha logrado salir del laberinto, pero viene constituyendo una actuación de lo justo, desde una posición axiomática y casi de improvisación, es la concreción de espacios (sobre todo virtuales o digitales) en donde desde la primigenia figura del escrache (de reminiscencias nazistas) hacia un victimario que la justicia institucionalizada, no penalizo o no trato, hasta lo que empieza a emerger como una búsqueda, que en los márgenes de ese poder, que posibilite libertad, todos los que busquen justicia, tengan la posibilidad, antes o mucho más allá de señalar, de vindicar y caracterizar (para luego agredir) al victimario, otorgarle la posibilidad de volver a ser humano, perdonándolo.
Sí bien no es sencillo, ni expresarlo en palabras, lo cierto es que, construir otro laberinto, saliendo por arriba (a decir de Marechal) dado que el laberinto (cretense como Kafkiano) de los procedimientos institucionales que nos tendrían que dar justicia, no están para ello (son el gran otro del poder), tiene como paso necesario e indispensable el hacer público los casos que consideramos injustos y no tamizados por esa justicia formal. El segundo paso, es que el hacer público de todas esas situaciones, no nos lleve a una instancia de mero escrache, de agresión sesgada, sino que el poner en evidencia la necesidad de justica, plante lo conceptual, que además de la redención, en nuestra calidad de víctimas podamos ser capaces de otorgar el perdón, entendiendo a ese otro, no como un gran otro del poder, sino como otro-mismo, que hace a nuestra constitución humana.
“La historia (al menos lo que Heidegger y posteriormente Derrida, han llamado la historia de la metafísica occidental) no  sería más que el espacio mítico en donde las sucesivas articulaciones de dos voces, la voz dominante y oficial de la divinidad, simbolizada en boca de los profetas y la voz subversiva y excéntrica de los muertos, simbolizada en el vientre de la pitonisa no dejan de definir y redefinir lo humano” (Prósperi, G.O “El profeta y el ventrílocuo).  
La clave de lo laberíntico de lo humano y de la edificación de ese gran otro constituido en, también lo laberintico de la justicia, podría estar en la figura de Ariadna, a quién Nietzsche le dedico un poema “El lamento de Ariadna” que finaliza así:
Sé juiciosa, Ariadna...
Tienes oreja pequeñas, tienes mis orejas:
¡mete en ellas una palabra juiciosa!
¿No hay que odiarse primero, si se ha de amarse?...

Yo soy tu laberinto...