24.11.17

La democracia imperial; caso Honduras.


Las elecciones presidenciales que tendrán  un ejército de observadores internacionales para legitimar el proceso, contarán con la peculiaridad que el actual primer mandatario (Hernández) podrá ir por su reelección, gracias al poder judicial de su país (al que obviamente se encargó de modificar o conformar) que, manifestación leguleya más o menos, pulverizó la disposición constitucional que impedía la reelección. Ocho años atrás, otro Presidente (Zelaya) hubo de ser destituido por pretender la misma reelección, a la que, a la luz de los resultados, busco en aquel entonces por la vía incorrecta; pretendió un plebiscito habilitante (algo que llevó a cabo Morales en Bolivia y de lo que se está arrepintiendo tras sus resultados) en vez de ir por la senda adecuada; fallo judicial y cobertura mediática-comunicacional. Desde los sectores que pretenden institucionalidad democrática en Honduras, se acuño la expresión de “Democracia imperial” sucede que sienten y padecen, que además de tantos vejámenes, serán víctimas también del europeísmo que los colocara este domingo de elección, como el cobayo de laboratorio, pasible de experimentos de politólogos que ven democracia en lo electoral, que observan división de poderes al encontrar siempre un legislativo que adscribe, con vicio ratificatorio, cualquier empresa que dimane de lo híper-ejecutivos y como siempre, olvidan, en el sentido heideggeriano, que lo radicalmente importante y decisorio, orbita en el judicial. Tal como lo describiera Foucault en sus conferencias, traducidas a libro “La verdad y las formas jurídicas”, el poder judicial nace y se entrona como la mano militari del emperador, del gobernante, que luego devino en ejecutivo y que revolución francesa mediante, se apelmazó, se travistió en un supuesto poder transparente, democrático e institucional, cuando en verdad representa la faceta más caramente oprobiosa del poder entendido como un ejercicio violento y radicalmente autoritario.
Si alguien tuviese la posibilidad de repasar las tesis o los congresos en las diferentes facultades de humanidades, que traten acerca del poder judicial, a diferencia de los que versan sobre los restantes poderes, no habría dudas de que aquel es el menos observado, tratado y por ende, criticado o cuestionado. Ni que decir de los medios de comunicación, pero este accionar es mas entendible, tal vez los criterios de distribución de pauta publicitaria debieran ser fijados y luego  administrados por el poder judicial de cada localidad, la historia de los relatos mediáticos y por ende los relatos políticos, cambiarían drásticamente (habría que ver a favor de quién).  Posiblemente el autor del “Espíritu de las leyes”, o el hacedor de nuestra concepción de la división de poderes, como los contrapesos necesarios para una institucionalidad adecuada y correspondiente, haya prestado un gran servicio para ello también al relatar las formas en que desde Roma se administraba la justicia, propiciando con ello, que desde la formación en derecho se estudie el derecho romano, como el fundamento mismo, desde donde continúa el extraño privilegio de quiénes se dedican a las leyes (académicamente) de tener la posibilidad de formar (en sus jerarquías) parte de un poder del estado, del que no pueden formar parte nadie que no tenga credenciales académicas acreditadas en este saber. Esta característica, sumamente facciosa y controversial, es sin embargo, muy poco cuestionada o visibilizada, a nivel teórico, práctico o mediático, nos hemos acostumbrado, extrañamente, a que la conformación de un poder del estado, el judicial, sea bajo principios, paradojalmente, injustos. Montesquieu, al hablar del espíritu de las leyes, narra no solo los aspectos históricos, tipificando los casos en una cuestionable trilogía de la politología, de la república, la monarquía y el despotismo, sino en sus razones físicas, en donde plantea, excentricidades antropológicas cómo la que formula al expresar que en los lugares de temperaturas más frías los ciudadanos son más afectos a cumplir la ley que en las zonas en donde el calor apremia. Pero en donde está haciendo germinar, la perversión que apoya aquél apoderamiento por parte de los facultados en derecho de un poder del estado, es en dotar de espíritu a las leyes, desde su propio título y habilitar la exegesis, la hermenéutica y la interpretación de construcciones que son afirmativas, apofánticas. Es extraño que aquí tampoco, se haya cuestionado desde la lógica formal al menos, que se pueda  realizar esto mismo. Sí las oraciones que afirman o niegan algo, en un contexto positivo cómo el del derecho, pueden, ameritan y se propician como de interpretaciones interminables, entonces estamos perdidos. Tan perdidos, como en verdad lo estamos, y lo señalan todos los estudios de opinión pública en las distintas comunidades de occidente, en relación a la poca credibilidad que posee el poder judicial o lo poco que se corresponde con un servicio que brinde o garantice justicia. Este poder, que insistimos, ha sido tomado por una facción de la sociedad, a contrario sensu, incluso de quiénes en parte han propiciado esto mismo (citamos a Montesquieu también cuando afirma que la posibilidad de juzgar reside en la selección circunstancial de ciudadanos no atados a profesión) se fue forjando, en razón de esta perversión capital que se hacen de los juicios lógicos. Este laberinto, de supuestas interpretaciones de interpretaciones , que llevan a apelaciones y a la generación de más tribunales que supuestamente discuten, bizantinamente, abstracciones inentendibles de procedimiento, no hacen más que dilatar el pronunciamiento de la justicia, pagando onerosos sueldos a funcionarios judiciales para que den vueltas semánticas o procedimentales, para justificar los ingresos, dimanados de ciudadanos a quiénes se les priva del servicio de justicia que les corresponde. Las interpretaciones de la ley, las exegesis ad infinitum y las exposiciones catedráticas acerca de lo que quiso expresar el legislador (es decir quién construyo la ley, que el judicial sólo tiene que aplicar) debería estar acotado al campo literario, filosófico, de competencia o de interés para quiénes así lo deseen y manifiesten. Sin embargo, en uso y abuso del supuesto espíritu de la ley (ya lo expresamos cuando Montesquieu se puso a pensar sobre el contexto, escribió que la ley se cumple más en los lugares donde hace frío…) se consolidó esta burocracia judicial, este laberinto de expedientes, de papelerío absurdo,  de perspectivas, de marchas y contramarchas, de manifestaciones irresolutas, que al único lugar que nos hacen arriba es al axioma planteado por Séneca: Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía. Claro que esta justicia tardía, conviene a la facción que administra justicia, pues, en sus prerrogativas simbólicas, además del trato de Majestad, como en los tiempos imperiales, la mayoría de los jerarcas del poder judicial gozan de prerrogativas como el no pago de impuestos, la no obligatoriedad de jubilación y el cobro de sueldos u honorarios que siempre son sideralmente superiores que los que puede percibir un maestro o educador (lo ponemos como referencia, pues el propio Montesquieu en la misma obra dedica un capítulo aparte para dar cuenta de la necesidad, sobre todo en las repúblicas de la educación de los ciudadanos: “En el gobierno republicano es donde se necesita de todo el poder de la educación”).

Tal vez la disolución del poder judicial sea un camino. Sin embargo, la existencia de conflictividades entre ciudadanos y los ciudadanos y el estado, continuaría existiendo, por tanto el sendero tendría más razón de ser, sí lo dotamos de una institucionalidad republicana, que se corresponda con la realidad y no simplemente con una argumentación proveniente de una vieja teoría de división de poderes, enmarcada en la necesidad de aquel entonces, por la revolución planteado por los descubrimientos de Newton, principalmente su teoría gravitacional. Esta suerte de necesidad de que los “astros estén alineados” (usado en la actualidad por diferentes comunidades para expresar vulgarmente, que todo este ordenado como debe estar o como nosotros creemos que debería estar) generó la posibilidad, que a nivel político, las compensaciones estén alineadas en una tríada, destacando la importancia ritual y simbólico del tres en la cultura occidental, desde la concepción del padre, la madre y el hijo y luego sus ritualizaciones en el campo religioso.
En todo caso, la política, es decir los políticos entronizados en el poder, deben encargarse de la justicia, de lo contrario, seguirán sometidos a ella, como potenciales víctimas (en tal caso o cuando detentan el poder, victimarios) o como víctimas directas cuando, elección mediante, el poder se les filtra de las manos, por las razones propias del poder. El caso Odebrecht nos exime de mayores ejemplos, estableciéndose quizá como la comprobación de todo lo expresado. El verdadero poder, anida en el poder judicial, que bajo máscaras democráticas, se manifiesta de la forma más brutal, discrecional y barbárica, allí en donde necesite ratificar la lógica enfermiza de que el poder no puede ser administrado, gobernado, manejado o gerenciado por la política.
Sí los políticos siguen pensando en términos electorales, sin comprender que están allí, sea por actuación o por no actuación judicial, cuando se den cuenta, estarán fuera del poder y probablemente en la cárcel.
Se necesitan tanto o más análisis, reflexiones, cuestionamientos, como propuestas de cambio del poder judicial, como elecciones libradas, para que tengamos un camino más eminentemente democrático.






19.11.17

El gran otro de la justicia.


“Cuando una persona le hace daño a otra, la empuja dentro de un laberinto. A partir de ese momento, las murallas encierran a la víctima. Pero en el laberinto no está sola. El culpable del hecho también está adentro. A partir de ese momento la víctima y el culpable quedan unidos. Víctima y culpable comienzan a caminar los pasillos angostos, y quizá perpetuos, de un laberinto compartido” (Sivak, A. “El laberinto y el perdón.”)
La autora narrará luego, metáfora del minotauro mediante, qué precisamos (además del hilo  de Ariadna) para salir del laberinto del dolor y es aquí en donde el soslayar de la justicia, pasa, o nosotros lo hacemos pasar de lo individual (es decir del perdón que le podemos otorgar individualmente al que nos dañó y la necesidad social que tal castigo o punición representa para un colectivo,  a modo de que crea o construya ejemplaridad) a la institucionalidad toda en donde orbita la necesaria saciedad de justicia, que este fijada, en la ataraxia de lo normativo, de la ley y no en el capricho de quién la pueda poner en práctica, imponiendo o supeditando sus juicios individuales (por más que sea considerado juez) por sobre lo que el común establece o entiende como sentido común (valga la redundancia) o consensuado.
Al referirnos  al  gran otro, lo hacemos para referenciar la definición psicoanalítica que propone: “El gran oro designa la alteridad radical, la otredad que trasciende la otredad ilusoria de lo imaginario: no puede asimilarse a través de la identificación. Lacan equipara esta alteridad con el lenguaje y la Ley; por ende, el gran Otro está inscrito en el orden simbólico” (Ref: http://www.psiconotas.com/el-gran-otro-830.html)
La ley estipula y es estipulada a su vez en un conjunto de procedimientos, que bien podrían traducirse como la metáfora de un laberinto, símil al cretense, en donde los victimarios son conducidos a tal lugar para ser victimizados y en el caso de que los procedimientos, mecanismos o fallos, fallen para tal cometido (es decir para hacer justicia institucional, sometiendo al victimario) que todos los observadores o ciudadanos parte, lo único que reclamen es la sed de justicia (maridada de venganza y ejemplaridad) para que todo el transgreda la ley, tenga como destino único el laberinto, y sí en tal transgresión, lastimó, daño o mató, debe ser cruelmente vejada por el minotauro (por otra parte no existe casi otra posibilidad una vez dentro del laberinto).
La justicia entendida en estos términos no está concebida para resarcir, como prioridad a las víctimas, sólo en una instancia muy aleatoria como secundaria. La justicia entendida como este gran otro (aquí pasamos de la lectura psicoanalítica a la política) se construye para saciar la necesidad del poder político que legitima quiénes son los que escriben la ley, quiénes los que la ejecutan, y finalmente los que deben cumplirla, a riesgo de no hacerlo o hacerlo del modo que no es de agrado de ese gran otro político de meterlo, dentro del laberinto de la institucionalidad. Para ser ajusticiado, pero no para emitir o dictaminar justicia, por más que le corresponda o no por el crimen, sí es que no ha o no cometido, en cada caso.
El gran otro político constituyó el laberinto punitivo de la justicia para legitimar a todos y cada uno de los integrantes del poder que lo único que no pretende es que se le arrebate el cetro desde donde disponen que las cosas tal como las dicen, es decir el maridaje entre lenguaje y ley del que hablaba en términos simbólicos, Lacan.  
Finalmente el Teseo, que sí bien para nuestro ejemplo aún no ha logrado salir del laberinto, pero viene constituyendo una actuación de lo justo, desde una posición axiomática y casi de improvisación, es la concreción de espacios (sobre todo virtuales o digitales) en donde desde la primigenia figura del escrache (de reminiscencias nazistas) hacia un victimario que la justicia institucionalizada, no penalizo o no trato, hasta lo que empieza a emerger como una búsqueda, que en los márgenes de ese poder, que posibilite libertad, todos los que busquen justicia, tengan la posibilidad, antes o mucho más allá de señalar, de vindicar y caracterizar (para luego agredir) al victimario, otorgarle la posibilidad de volver a ser humano, perdonándolo.
Sí bien no es sencillo, ni expresarlo en palabras, lo cierto es que, construir otro laberinto, saliendo por arriba (a decir de Marechal) dado que el laberinto (cretense como Kafkiano) de los procedimientos institucionales que nos tendrían que dar justicia, no están para ello (son el gran otro del poder), tiene como paso necesario e indispensable el hacer público los casos que consideramos injustos y no tamizados por esa justicia formal. El segundo paso, es que el hacer público de todas esas situaciones, no nos lleve a una instancia de mero escrache, de agresión sesgada, sino que el poner en evidencia la necesidad de justica, plante lo conceptual, que además de la redención, en nuestra calidad de víctimas podamos ser capaces de otorgar el perdón, entendiendo a ese otro, no como un gran otro del poder, sino como otro-mismo, que hace a nuestra constitución humana.
“La historia (al menos lo que Heidegger y posteriormente Derrida, han llamado la historia de la metafísica occidental) no  sería más que el espacio mítico en donde las sucesivas articulaciones de dos voces, la voz dominante y oficial de la divinidad, simbolizada en boca de los profetas y la voz subversiva y excéntrica de los muertos, simbolizada en el vientre de la pitonisa no dejan de definir y redefinir lo humano” (Prósperi, G.O “El profeta y el ventrílocuo).  
La clave de lo laberíntico de lo humano y de la edificación de ese gran otro constituido en, también lo laberintico de la justicia, podría estar en la figura de Ariadna, a quién Nietzsche le dedico un poema “El lamento de Ariadna” que finaliza así:
Sé juiciosa, Ariadna...
Tienes oreja pequeñas, tienes mis orejas:
¡mete en ellas una palabra juiciosa!
¿No hay que odiarse primero, si se ha de amarse?...

Yo soy tu laberinto...

3.7.17

¿Qué hacer ante una elección o jornada electoral?

Sí todos los que estamos obligados, o condicionados, o incluso invitados a votar, transgredimos tal norma, la disposición, desistimos de la invitación en un porcentaje mayor al usual (que siempre es del 20 o en su defecto 30% de iconoclastas) alcanzando un 50% (es decir una mayoría en términos democráticos), entonces y de hecho, tal elección, carecería de legitimidad y de allí se podría ganar seriamente la legalidad de tal comicio y de tal resultado. De más está decir, que sí se alcanza esa mayoría, la transgresión dejaría de ser tal y se convertiría en norma triunfante y el ordenamiento político se vería impelido a replantarse algunos de sus aspectos basales, que no son abordados, porque quiénes se les oponen dado que; o no piensan o sólo quieren ser como los que critican.
El aspecto es mucho más sencillo de lo que parece. Tal vez oculta en muchas palabras intrincadas, lo cierto es que la legitimidad política siempre, de un tiempo a esta parte, se pone en cuestión, pero nunca llega a la instancia de perforar, de percudir, la legalidad. En Argentina semanas previas al acabose del diciembre del 2001, la elección nacional legislativa acusó un índice de ausentismo, cómo de voto nulo o castigo que presagiaba, precisamente lo desopilante de los cinco presidentes en una semana  y la veintena de muertos por protestas y desmanes. Desde aquel entonces, tal desgarramiento, entre el tejido que sostiene a representantes con representados, no ha sido reconstituido del todo. Cómo si hubiese sido también  una suerte de endemia institucional, desde ese entonces (otros analistas refieren el inicio en Chiapas, México a mediados de los ’90) vienen sucediendo estallidos sociales semejantes, que tienen como eje, como foco esta temática que abordamos.
Esta falta, se debe, a muchas causas, pero podemos señalar una tal vez, no tan trillada. La cobardía del pensamiento, o de los pensadores, enfocados en lo político, para trabajar esta grave causa. Desde aquel entonces, fue mucho más sencillo, que de un lado de la avenida estuvieran los que vitoreaban a los sentados a la izquierda o la derecha de la asamblea nacional francesa que tradujo, como universalidad, la fantochada de que los humanos debemos propender a ser libres, iguales y fraternos.
Palabras más o palabra menos, semántica populista, progresista; centrista o cómo se la quiera llamar en esos debates que siempre nos conducen a los mismos libros y las mismas experiencias de los siglos XIX y XX en el continente Europeo. Desde donde escribimos, de nuestra parroquialidad, que sin embargo se hace vecinalidad, crece y se extiende como latifundio indómito, conformando una regionalidad o continentalismo que abraza océanos, pues  y próximos a 40 años de plena democracia a sedimentar, cuando no aumentar, nuestros índices de pobreza, de marginalidad y de pérdida de calidad de vida, indistintamente de quiénes nos gobiernen o bajo que banderas, expresiones o partidos y  mucho más allá de fronteras geográficas o mapas trazados.
Ante la pregunta que podríamos arriesgar de porque un porcentaje determinado de ciudadanos no acude a emitir su voto, o al hacerlo anula su voto, lo desecha expresamente; la respuesta más acomodaticia, o que consagraría el supuesto sentido común, es que aquellos que no votan, transgrediendo la obligatoriedad (sea normativa o moral, recordemos la máxima Griega de Idiotas para los que no participaban en los asuntos públicos que se presenta como referencia en aquellos lugares en donde el votar es optativo) son automáticamente representados por quiénes sí cumplen la normativa y por ende, ceden su representatividad a esa mayoría que sí emitió el sufragio. Este principio democrático, de que los números mayoritarios consagran la representación (como lo señalamos en otros artículos, este sistema se centra en el triunfo por sobre el otro, no en la representación, sí no, los vice, presidentes, gobernadores o intendentes, serían o deberían ser los segundos más votados detrás del ganador) tendría entonces que respetar, el hipotético caso que se logre una mayoría ciudadana, que haga política, instando a la ciudadanía que el día del comicio, de la elección, en un número mayor al 50% de los habilitados a votar, no concurra a hacerlo.
En lo que podría constituirse en la maduración de la clase política, tendríamos a quiénes planteen esto mismo, la auténtica validación del sistema político, que quedará como tal o en caso de ser derrotado, con sus propias armas se convertiría en régimen.
Esto, a contrario sensu, de lo que siempre pueden pensar y mal, los amigos que la están pasando bien con la política, sería más que beneficioso, pues en caso de que prevalezca la continuidad, la no modificación, es decir que pese a que muchos hagan campaña por no ir a votar, la gente asista en un número mayor al 50% (como si fuese difícil además esto mismo, teniendo los recursos de un estado que posee en los diversos lugares en donde existe democracia liberal números amplios o ampulosos de pobreza) los liberaría de sus culpas, de sus ocultamientos y de sus gobernanzas con excesos incluidos.
Es decir en caso de darse tal elección en tales términos (sí el 50% de los habilitados a votar no asiste a hacerlo, el sistema político-institucional debe ser replanteado, o al menos tal elección declarada ilegítima y por ende ilegal) los ciudadanos, no tendrían razón de continuar cuestionando a sus políticos, es más tendrían los políticos, por ejemplo, derecho a cobrar más impuestos y gastarlos en más nombramientos en seguidores y amigos, para ponerlo en términos categóricos.
Finalmente, y en caso de que no pueda establecerse este escenario, igualmente respondimos este interrogante, tal vez, algunos de los que no asiste a votar, lo hace razonando de la siguiente manera: “Es necesario que haya un sector que gobierne, una aristocracia natural, que se fundamenta en la propiedad y en el talento” (Burke)… La distribución equitativa del poder, para Burke, simplemente no existe. Si ningún hombre puede ser juez de su propia causa, si ha renunciado a fallar en su propio interés, tampoco puede ser gobernante por sí mismo. Si para obtener justicia hay que renunciar al derecho de tomarla por cuenta propia, ¿por qué no asumir, como signo de libertad, que otro hombre tome decisiones pertinentes por nosotros? http://www.fundacionfaes.org/file_upload/publication/pdf/20130423222146edmund-burke-y-la-ciencia-de-la-politica.pdf
La política se hace con lo que está en el fondo del corazón. Por eso, los que ven sólo contratos no son aptos para ser hombres de Estado. Los contratos tienen siempre un sentido ocasional y por lo tanto pueden siempre disolverse voluntariamente. Los contratos no se pueden aplicar a la vida de un Estado, que no es una asociación para el comercio de la pimienta y el café, el algodón o el tabaco. Un Estado no es un negocio, no puede ser disuelto al antojo de las partes contratantes, ni mediante escritura pública elevada ante notario. Para llegar a ser un Estado no basta tener intereses en común. “Como los fines de una asociación así no pueden obtenerse ni siquiera a lo largo de muchas generaciones, la asociación llega a ser, no sólo entre los vivos, sino también entre los vivos y los muertos y los que están por nacer” (Burke, Edmund (2003): Reflexiones sobre la Revolución en Francia Alianza, Madrid, p. 155).
En tren de esta argumentación, podríamos agregar el escenario, que ideamos a los únicos fines de reestablecer la vinculación entre representantes y representados, que elijamos a nuestros políticos, a quiénes nos representan, por plazos más extensos, mas continuados, diez o quince años, con esa cláusula, sí, de que sí no vamos el 50% más uno de los habilitados a hacerlo, se reparte y se da de nuevo…
El bien jurídico mayor de cualquier ciudadano ante un derecho colectivo es que le sea garantizado una vida en democracia, y cuando esto no ocurre, el mismo ciudadano debe agotar las instancias para llevar adelante este reclamo en todas las sedes y ante todas las instancias judiciales. No podrían objetarse ante esto, cuestiones metodológicas o de fueros, la justicia en cuanto tal, debe preservar y hacer cumplir el precepto democrático por antonomasia que el único soberano es el pueblo, pero la traducibilidad de esto, debe manifestarse mediante un cambio de lo democrático, tal vez redefiniéndolo o disolviéndolo en sus partes más oscuras, lo más democráticamente posible, sería que quiénes pretenden vivir bajo sociedades más democráticas, planteen en sus parlamentos o asambleas, mediante diputados, legisladores o ciudadanía común, proyectos que cambien el eje de las democracias, y que no sólo sea semántica, de lo contrario y tal como lo venimos observando, más temprano que tarde, se impondrá de hecho y no seguramente en forma pacífica o armoniosa, el cambio, nodal, radical y substancial, tan necesario e indispensable.



19.4.17

Creemos ser democráticos.

“Desde una perspectiva de gobernabilidad, consolidar la democracia no equivale, pues, a defender, por ejemplo, el statu quo de un mero turno electoral caudillista o partidocrático en el ejercicio de un poder en gran parte patrimonial, clientelar, mercantilista y arbitrario. Exige promover la evolución o cambio institucional hacia una sistema de representación y participación política que permita el máximo de intercambios entre el máximo de actores. Es por esta vía como la consolidación democrática se corresponde, además, con la eficiencia económica y la integración social…
…Frente a la razón deificada, Hume nos propone quedarnos con la "creencia", es decir, en un cierto sentido del mundo producido a partir de la reflexión sobre nuestras percepciones imperfectas de la realidad. Esta reflexión que hace brotar la creencia se debe a la imaginación y puede ser siempre socavada por la razón. Nuestras creencias no proceden de la razón, sino de la imaginación. Al reflexionar imaginativamente y construir un sentido para nuestro mundo no sólo expresamos nuestras percepciones racionalizadas sino que las ordenamos valorativamente. Mediante la constante aplicación crítica de la razón a nuestras creencias fundamos el espíritu de tolerancia y evitamos todo dogmatismo. Una asociación política fundada en un sistema de creencias tiene la doble cualidad de superar el dogmatismo y de reconocer el papel de las valoraciones éticas en la reflexión o imaginación que funda las creencias…
Para Adam Smith el fundamento de la sociedad no se encuentre ni en la mano invisible, ni en los empresarios ni en la riqueza, sino en la justicia, el derecho y la ética: 

"...cuando prevalece la injusticia la sociedad necesariamente se destruye. La beneficencia es un ornamento que embellece, no el fundamento que soporta el edificio, y por ello sólo basta con recomendar que se adopten conductas benéficas, pero no hay que imponerlas. Por el contrario, la justicia es el principal pilar del edificio. Si se la quitara, todo el inmenso tejido de la sociedad se rompería y quedaría sólo en átomos. A efectos de cumplir con la justicia, la naturaleza ha puesto en el corazón humano un sentimiento de abandono, de temor al castigo merecido, como la mayor garantía que tienen las sociedades, como protección de sus miembros más débiles, para frenar la violencia y para castigar al culpable...
http://www.uoc.edu/web/esp/art/img/spacer.gif
Lo verdaderamente relevante en términos de desarrollo no es de todos modos el juicio o la valoración moral -cuya ausencia es en cualquier caso grave-, sino la práctica individual y social de principios, estándares y normas más elevados éticamente. En todas las sociedades se produce una tensión entre el nivel normativo y el nivel práctico de nuestros juicios éticos. Nunca nos acabamos de comportar socialmente del modo que consideramos que deberíamos comportarnos todos en beneficio tanto propio como del común. Esta tensión puede resultar extraordinariamente creativa en un contexto de pluralismo valorativo y de sociedades abiertas a la experimentación y el aprendizaje…
…Pero el "hagan lo que yo digo y no lo que yo hago" puede alcanzar extremos socialmente patológicos enervadores del desarrollo. Así tiende a suceder en sociedades como las nuestras tan fuertemente impregnadas por la "informalidad". Entre nosotros las reglas generales formales acerca de los comportamientos correctos e incorrectos tienen que coexistir con las reglas igualmente generales e informales institucionalizadas en lo que llamamos clientelismo, prebendalismo, patrimonialismo, mercantilismo... Esto explica el doble juicio moral, normativo y práctico, con el que corrientemente nos manejamos tal como por lo demás expresan las encuestas y estudios sobre cultura cívica y política. Por ejemplo, valoramos negativamente el clientelismo y el prebendalismo, pero manifestamos comprensión y hasta permisividad respecto de su práctica. Esto se debe sin duda a que los consideramos instituciones informalmente tan arraigadas que no está en el horizonte su sustitución o superación, por lo que nuestra estrategia vital debe desarrollarse dentro de ellas…
…Necesitamos políticos emprendedores en el sentido expresado por Spinoza, Flores y Dreyfus, es decir, políticos capaces de captar "desarmonías" en las prácticas sociales, vivir intensamente estas desarmonías como un problema de identidad o sentido vital y actuar como generadores en un espacio colectivo determinado de un proceso de transformación de prácticas sociales que producirá nuevas identidades, significados y reglas. Los verdaderos emprendedores tienen fuerza para hacer historia, superando todos los costes de incertidumbre inherentes a su tarea, porque viven la desarmonía que descubren y deciden vivir para superarla transformándose a sí mismos y al espacio colectivo en el que actúan. Por los citados autores consideran que fortalecer la "emprendedoriedad" no es tanto un problema de conocimientos como de sensibilidad…
…América Latina vive una profunda crisis intelectual y moral. Apenas se atisban proyectos de sociedad distintos a las propuestas de los organismos internacionales -y especialmente los bancos de desarrollo-, convertidos quizás sin pretenderlo en los intelectuales orgánicos de la región. Y, lo que es peor, las anomalías a esta regla asemejan esperpentos construidos con remedos de la peor tradición populista. La crisis moral es profunda también: las democratizaciones falentes, la globalización y las nuevas tecnologías en la mayoría de los países de la región se han correspondido con la pérdida de confianza en las instituciones políticas, bajísimos niveles de confianza interpersonal y en muchos países serias crisis de gobernabilidad. La década perdida reinterpretada desde la agenda neoliberal no alumbró sino la ilusión de un desarrollo reencontrado en la primera mitad de los noventa, cuyo final nos ha despertado a una realidad sobradamente conocida en la que cada vez menos personas pueden creer en proyectos colectivos. El horizonte se llena de rebeliones en busca de causa, de oportunidades en las redes ilegales globalizadas, de huidas hacia la emigración y, por debajo de todo, de mucho dolor humano principalmente concentrado en las mujeres, los niños y los grupos étnicos. Nuestras sociedades, siempre profundamente desiguales, faltas de proyecto nacional creíble, corren hoy un riesgo de fraccionamiento quizás mayor que nunca…”. (Joan Prats i Català. Instituciones y desarrollo en América Latina ¿Un rol para la ética?  http://www.uoc.edu/web/esp/art/uoc/prats0502/prats0502.html)
Esta cita que prácticamente es la deconstrucción de un texto-entrevista que le realizaran a Joan Prats, quién fuera citado y referenciado por el candidato Presidencial Chileno Alejandro Guillier, un considerado “outsider” de la política del mencionado país que tuvo como amago el trunco regreso de Ricardo Lagos y la confirmada vuelta de otro ex mandatario como Sebastián Piñera.
El catalán que investigo la gobernabilidad y gobernanza en América Latina, recostado teóricamente en Hume, desmenuza el encantamiento que genera lo democrático, es decir su capacidad de que es una sensación, lo que queremos creer, pero nunca lo que podrá ser. Prats, apunta con envidiable criterio, sostenido en Smith, que la columna vertebral de toda sociedad es la justicia, definiéndola magistralmente, saldando la deuda de Kelsen con su no respondida cuestión acerca de ¿qué es justicia?, como un sentimiento, al que naturalmente se inclina un corpus social cuando siente que le falta, que le falla o que no lo tiene adecuadamente, corrompiéndose.
La perspectiva, suponemos que dentro de su propia ética, obrando con el ejemplo, que aplica Prats, otorgando un sitial preferencial a América Latina, donde habrá generado además de vínculos laborales y académicos, los otros, los afectivos, nos determina a quiénes habitamos de este lado del océano a responder tal exhorto, como en otro ocasión hiciera, en particularidad otro notable español, Ortega y Gasset con el “Argentinos a las cosas”, de hecho lo recoge, el candidato presidencial Chileno.
Candidato que más allá de cómo le vaya electoralmente, seguro que representa lo expresado por Prats de la necesidad de políticos emprendedores, creativos, captadores de desarmonías, que apuesten más a la sensibilidad, que a la razón cientificista que nos da como resultados los desastrosos números de marginalidad y pobreza, de los cuáles al menos, deberíamos reaccionar en nombre de esa sensibilidad, a la que apela Prats, y que nos hace humanos.
Captar tales desarmonías, hacer política desde una doctrina cibernética, también es enviar estos artículos, para que sean desechados en los ámbitos que los desechan sistemáticamente, ámbitos sí no opresivos, colaboracionistas, con este mundo vaciado de la sensibilidad que favorece, avala y promueve, índices tan altos de marginalidad y pobreza, por más que la quieran disfrazar con discursos didácticos, pedagógicos o con investigaciones académicas sometidas a doble referato ciego.



16.4.17

Turquía siempre estuvo cerca.


Geopolíticamente, Occidente necesita, en grado sumo e imperioso, redefinir sus límites, estableciendo con ello, nuevas pautas de convivencia que dignifiquen la razón y el sentido mismo de la humanidad. Encontrar la distancia exacta para no fenecer por el frío extremo, impulsado por la crudeza de la supervivencia en solitario, antes que ser pinchado por la proximidad de la espinas del otro, era el dilema que debían resolver los erizos, tal como magistralmente lo anatematizo  Arthur Schopenhauer. Sería un reduccionismo absurdo el volver a sentenciar que los límites geográficos son imaginarios, pues ya han pasado de la realidad a la híper-realidad. Sí queremos concebir a la política mundial, subdivida en lo que los geógrafos llaman continentes, estaremos haciendo geografía, no política, mucho menos, filosofía política con un sentido geopolítico.
Tanto África como Asia, o Eurasia ya están en Europa. Europa huye de sí misma, y un poco hacia América o Latinoamérica, que en verdad son lo mismo.
Sí de algo pueden servir las llamadas crisis migratorias, las extensiones de los estados de excepción como son los campamentos de refugiados o hasta incluso el dolor de las víctimas, reales como potenciales, de la irracionalidad terrorista, es que nos debemos como humanidad, el volver o tal encontrar de una vez, al menos falsa o eidéticamente, un frontispicio (término escogido por su vinculación con el concepto de frontera, como límite de lo limitante) en donde lo otro, no tenga que ser necesariamente un objeto a conquistar, a convencer a someter, ni tampoco, en el afán de no hacerlo, convertirnos en objeto de eso otro. Ni infierno, ni cielo. Las democracias occidentales nuevamente encuentran en la vieja Constantinopla su límite que puede ser el principio del fin de un nuevo comenzar.

 “Es increíble como un pueblo, en cuanto está sometido, cae tan repentinamente en un profundo olvido de la libertad, tanto que no puede despertarse para recuperarla, sometiéndose tan fácil y voluntariamente, que se diría al verlo que no ha perdido su libertad, sino ganado su servidumbre. Es verdad que al comienzo se somete obligado y vencido por la fuerza; pero los que vienen después sirven sin disgusto y hacen voluntariamente lo que los anteriores habían hecho obligados. Por esto, los hombres bajo el yugo, alimentados y educados en la servidumbre,  se contentan con vivir como han nacido sin cuidarse de nada; y ni piensan en tener otro bien ni otro derecho que el que le fue dado, y toman por natural el estado de su nacimiento. (“Discurso de la Servidumbre voluntaria”. Étienne de la Boétie. Pp 38-39. Editorial Colihue).
La única herramienta válida, tanto legal como legítima para que exista la representación, es la manifestación de la voluntad del voto soberano, en el marco de elecciones libres que de tal forma constituyen la democracia expresada en su sentido lato.
Sí hablamos de legitimidad, no sólo debemos hacerlo, diferenciándola, de la legalidad, sino estableciendo una meridiana diferencia entre la legitimidad parcial versus la legitimidad absoluta, la primera que es la válida y la única razonablemente cierta que puede otorgar el ciudadano a sus mandantes y la segunda, la que cree tener el representado cuando absorbe la cesión de la ciudadanía, para luego cometer los latrocinios por todos conocidos, que supuestamente, controla o controlaría, estos excesos, otro poder de un estado constituido que sería el poder judicial, cuyos miembros no son elegidos, paradigmáticamente por el voto de la gente. Esta razón de la legitimidad parcial, podría encontrarse observada explícitamente, en que el ciudadano al delegar su representatividad, lo haga no sólo por el término de una elección a otra, sino también bajo ejes conceptuales, que vayan más allá de lo temporal. Un ejemplo concreto sería que los representantes, no puedan, es decir tengan su legitimidad parcial o vetada, para introducir reformas constitucionales o electorales. Los mismos que conducen el juego, no deberían, asimismo estar posibilitados para cambiar esas reglas a su antojo o discrecionalidad.
La democracia sí ha caído producto de los desmanejos de cierta clase política en un juego maquinal, como lo puede ser una tragamonedas o cualquiera que estipule el azar como factor determinante, debe re-escribirse, re-interpretarse, de lo contrario, sostener que lo político, mediante lo democrático es un juego adictivo de cierta clase dirigente para con las mayorías no tiene razón de ser, pues así como alguien sostuvo que dios no pudo haber jugado a los dados con nosotros, no podemos seguir siendo siervos, de quiénes, muy probablemente, hasta no puedan estar libre de afecciones que les nublen en buen entendimiento.
Partimos desde la triste y penosa convicción que la democracia está en serio riesgo, que la misma, de un tiempo a esta parte, viene siendo horadada, por quienes dicen ser sus defensores y propulsores y son precisamente los únicos beneficiados, materiales, de un sistema que cada vez resulta menos contenedor e inclusivo para las masas olvidadas, apartadas y segregadas. Masas que no invocarán, sí es que no actuamos antes, a nivel teórico y responsable, un consabido derecho a la resistencia y a la revolución, derecho a la desobediencia civil. Sí no actuamos antes, quiénes tuvimos la posibilidad de alimentarnos y leer, las masas, adquirirán cierta uniformidad de criterios de rechazar cualquier tipo de sistema. En términos claros, sobrevendrán no sólo sobre las instituciones, sino sobre todo tipo de hogar o lugar, en donde esté garantizado lo que a ellos se les viene birlando en nombre de la democracia.
Con todas las ganas de estar equivocados, creemos tener una última oportunidad, constituir un último bastión, para que los libros y los papeles no se nos sean quemados, producto de generaciones enteras que vienen haciendo todo lo contrario que dicen pregonar en relación a los caros y sacrosantos principios democráticos. 
Las libertades políticas y en concreto, la libertad de expresión política pueden resultar contraproducentes sí, realmente, incluyen el derecho a la expresión subversiva, es decir, el derecho a la resistencia y a la revolución, el derecho a la desobediencia civil. Este es un tema que siempre ha puesto en difícil aprieto a todos los teóricos de los gobiernos representativos y legítimos.
"El derecho de sedición debe ser respetado, salvo en el caso de peligro claro y presente, el cuál obligaría a restringir las libertades políticas" J.Rawls.
El bien jurídico mayor de cualquier ciudadano ante un derecho colectivo es que le sea garantizado una vida en democracia, y cuando esto no ocurre, el mismo ciudadano debe agotar las instancias para llevar adelante este reclamo en todas las sedes y ante todas las instancias judiciales. No podrían objetarse ante esto, cuestiones metodológicas o de fueros, la justicia en cuanto tal, debe preservar y hacer cumplir el precepto democrático por antonomasia que el único soberano es el pueblo, pero la traducibilidad de esto, debe manifestarse mediante un cambio de lo democrático, tal vez redefiniéndolo o disolviéndolo en sus partes más oscuras, lo más democráticamente posible, sería que quiénes pretenden vivir bajo sociedades más democráticas, planteen en sus parlamentos o asambleas, mediante diputados, legisladores o ciudadanía común, proyectos que cambien el eje de las democracias, y que no sólo sea semántica, de lo contrario y tal como lo venimos observando, más temprano que tarde, se impondrá de hecho y no seguramente en forma pacífica o armoniosa, el cambio, nodal, radical y substancial, tan necesario e indispensable.
Esto mismo se podría lograr bajo elección, tal es la razón fundante de las reformas que proponen los regímenes semidirectos (que mediante consulta popular, permitieron el Brexit) los plebiscitos por autonomías (Cataluña, Escocia) o la reciente elección en Turquía, que cambio de sistema de gobierno (de parlamentarismo a un presidencialismo) por un plebiscito, o por un resultado electoral.
“El simple hecho de que haya elecciones no basta para que estas sean competitivas. Piénsese en todos los instrumentos de que disponen los que están en el poder…Las reglas afectan a los resultados. Incluso pequeños detalles como la forma y el color de las boletas, la ubicación de los lugares de votación, la fecha en que tiene lugar puede afectar el resultado. Por lo tanto, las elecciones, inevitablemente son manipuladas…Hay algunas voces que afirman que en la actualidad estamos asistiendo al surgimiento de un fenómeno cualitativamente nuevo, “El autoritarismo electoral”…El hombre de poder en ejercicio no es necesariamente la misma persona: puede ser un miembro del mismo partido o un sucesor designado de alguna otra manera…”  (Przeworski, A. “Qué esperar de la democracia”. Siglo veintiuno editores. Buenos Aires. 2016). 

“¿Qué son exactamente los autoritarismos electorales? La respuesta pasa por señalar que no son -bajo ningún concepto- sistemas democráticos, aunque permitan a veces un juego multipartidista en elecciones regulares para la designación de los cargos ejecutivos y legislativos. No lo son porque se trata de regímenes que quebrantan los principios de libertad y de transparencia, y que convierten las elecciones en instrumentos de consolidación del poder. Sin embargo, debido a su extraña mezcla de instituciones formalmente democráticas con prácticas autoritarias, estos regímenes no calzan en las categorías tradicionales. Además, estos sistemas suelen presentar un entramado institucional parecido al de las democracias representativas, si bien ninguna de sus instituciones ejerce funciones garantistas ni de contrapeso al poder establecido. Así, en el marco de esta estéril institucionalidad, el único (y principal) sitio de contestación es el de la arena electoral y, por eso, la celebración de elecciones es muy importante. Las elecciones, en este entramado, se convierten en algo más que en un ritual de aclamación, ya que forman parte sustancial del juego político. Por ello, los momentos electorales están cargados de conflicto y tensión, ya que las autoridades quieren seguir manteniendo el control de las instituciones y los opositores quieren arrebatárselo. Es en este marco en el que se produce una dura pelea, donde quienes detentan el poder pretenden controlar la administración electoral y el conteo de los votos, así como limitar los espacios de los partidos opositores y manipular los medios de comunicación… Es en este momento, el de las elecciones, cuando los autoritarismos electorales se juegan su destino, ya que, en función de la capacidad de la oposición de presionar, movilizar y sumar nuevos aliados, se puede impulsar una agenda democratizadora. (Martí Puig, S. http://www.elperiodico.com/es/noticias/opinion/autoritarismo-electoral-1304201
“En la actualidad, para juzgar el desarrollo de la democracia en un país determinado, la pregunta que hay que hacer no es ¿quién vota? Sino ¿sobre qué asuntos se puede votar?” (Bobbio, The future of democracy. 1989. P. 157.)
Como usted bien sabrá estimado lector, lo único de más que posee la presente pluma son palabras, pero a modo incluso de abonar la argumentación de este propio artículo, y como testimonio real de la posible existencia del autoritarismo electoral en el que nos encontraríamos subyugados, a modo de preservar la integridad de estas palabras condenadas a la censura por el régimen que se pretende perpetrar en el poder, mediante el viciado y perverso juego, de una aclamatoria de mayorías, solamente dejaremos a las citas textuales que planteen los escenarios de autoritarismo electoral citados.
Solamente nos corresponde hacer la pregunta, como duda, como inquietud, no como inquina, provocación o denuncia. El escarnio, la censura y la segregación, cultural, social y económica del que somos objeto por parte de quiénes se erigen en autoridad, por la ratificatoria de mayorías,  que dan en llamar democracia, no es más que un mínimo costo, nimio e imperceptible, que cada cierto tiempo se le exige a la humanidad, para ver sí es merecedora de contar con la posibilidad de ejercer su raciocinio y vivir en libertad.
“En la extraña combinación de ficción política y realidad, tanto los pocos que gobiernan como los muchos gobernados pueden verse limitados-podríamos decir incluso reconformados- por las ficciones de las que depende su autoridad” (Morgan, E. Inventing the people. Nueva York. 1988).
La autoridad se funda en la razón, de la que nos hubiera gustado prescindir, para siquiera hacernos la pregunta que lleva como título el presente artículo. Ojala que usted tenga una respuesta y sepa qué hacer con ella.

Sí no estamos de acuerdo con nuestros sistemas de organización que mejor que el día de mañana ponerlo en juego para ver si nos salimos del mismo, si lo abolimos. Bueno, esto que era una idea, un ejercicio teórico, ya está ocurriendo, en nuestras democracias occidentales, sí, mediante votación de los ciudadanos. 

15.4.17

El valor de verdad y los problemas actuales.

Lo único cierto e ineluctable en nuestra condición de seres humanos es que vamos a morir. El aceptar terrible condicionamiento, ha sido función de la filosofía, que en una suerte de psicoanálisis de lo primigenio se encargó de esto mismo, es decir de pretender otras verdades, tras la única verdad. Los diversos planteos que emanaban de estas elucubraciones, permitieron al poder, o a quiénes se disputaban el mismo, no morir en la primera definición, o no matarse en la primera de cambio. La política nacía como una posverdad de la posverdad. La religión sin embargo se encargó de lo otro, de aquello que había dejado de lado el pensamiento mítico. Es decir se encargó, magistralmente de la no verdad (que no necesariamente es la mentira) de allí que creer en mundos que estén más allá de este, tal como lo establecen los monoteísmos, sea solamente una cuestión de fe, un dogma, al que la verdad o la no verdad no bastan o alcanzan.
En tal ordenamiento de la sociedad, es decir en el maridaje de la política con la religión, la disciplina emergía, militarizada, estandarizada, enarbolando esa verdad como regla, como norma, como ley, como sentencia. Nadie más debía encargarse de la verdad, que ya funcionaba como un fetiche. La política siguió en su afán de prometerla, de popularizarla, de extenderla, a sabiendas que  tal cosa jamás ocurriría, pues no estaba dentro de sus posibilidades. Tal como la religión, que dentro de sus cismas, escisiones o disputas intestinas de poder, jamás puso en juego, ni tampoco pondrá, su valor de verdad ultraterreno o su valor de no verdad en esta tierra, que es lo mismo.
La ley, el orden, fueron utilizados en distintas épocas de la historia, por diversas manos (las que se encargaban solamente de la política, de la religión, de la finanzas, de la industria, de los negocios, en simbiosis o en círculos de estos selectos grupos, que por otra parte, han sido los artífices de todas y cada una de las revoluciones que conocimos en el mundo, a los únicos efectos de pertenecer y alardeando la representación de otros que jamás integraron) con la única intención de imponerse, sin que el valor de verdad, se interpusiera en sus objetivos de continuar favoreciendo al status quo, por el actuaron, so pretexto de formalidad, para sostenerlo, una y otra vez.
En las grietas o hendijas que un engranaje tan cohesionado y preciso, como esto mismo que es llamado sistema, por quienes creen ser sus más conspicuos adversarios y no son más que sus estrellas más rutilantes, sus excepciones que confirman la regla, las aceptaciones democráticas a tales y supuestas amenazas declamativas, se filtran sin embargo, algunas resquebraduras que son al menos interesante observarlas.
Tal vez con cierta finalidad o con mera finalidad artística, en donde este ejercicio de observación privilegiada de seres aburridos del aburrimiento le pretenden buscar una mirada distinta a la aureola de un pezón o a un prepucio, dejará de ser arte el poder pensar en un valor de verdad, dado que la teoría del arte no lo establece dentro de sus cánones y los artistas, como su público, se consideran subversivos por ver un sorete en una maceta, sin que tal observancia les haga referir que tal es tal imagen sea la de ellos mismos y sus cuentas bancarias.
Lo cierto, sigue siendo que moriremos, por más que las distintas manifestaciones de la psicología del pensamiento de la nueva era o las manifestaciones más de moda acerca de vivir de forma políticamente más correcta no lo sugieran.
El veganismo metafísico que nos indica que nuestros niveles de stress o de energías negativas aumentarán en caso de que pensemos en la muerte, pasa a ser un accionar despiadado de los que operan en la no verdad. Estos mismos, impulsados por el poder, cuando da cuenta de que se pueden pensar las resquebraduras o las hendijas, se dirigen entonces también contra la cultura profundamente entendida, y como siempre con la filosofía. Ser seres para la muerte o definir sí la vida tiene o no sentido vivirla, pasan a ser definiciones, de dos poetas, más que de dos filósofos, uno nazi y el otro pro colonialista en contra de sus propios orígenes, agregaran, furibundos, los agentes intelectuales a la caza del pensamiento, los cancerberos del orden, prestos a actuar, con sus manuales atiborrados de respuestas para preguntas que no necesitamos proferir. Tal como la mayoría de los habitantes de esos poderes ilegítimos que imperan sobre la cosa pública, y la amoldan a sus más facciosos y vanos intereses, en nombre claro de un valor de verdad que reina como algo que está fuera de toda discusión, dado que nunca se lo ha puesto en discusión. El valor de verdad está escondido, porque no existe plafón como para que podamos tratarlo con un logos en donde intervengamos con un mínimo de criterio humano.
Que un grupúsculo de privilegiados que tenemos la posibilidad de garabatear conceptos expresemos que nos puede interesar o nos debería interesara la verdad, mientras millones, en nombre de ese valor de verdad, que se trata de no mostrarse, para que no se la discuta, siquiera se la busque, universalizada en la miseria de sujetos que no comieron, no comen, ni comerán mañana, es el reflejo, la síntesis, de que nos sigue importando un cuerno tal verdad, dado que es casi imposible que la hablemos en las condiciones señaladas.
Limpiando lo metodológico, nos interesa tanto la verdad como nos ha interesado la filosofía por la filosofía misma, sin que sea óbice para justificar sistemas de poder o darle contenido a dogmas que proponen una teleología incomprobable. Nos interesa tan poco la verdad, dado que es reconocernos en nuestra limitación perenne, terminal, en nuestra condición de humanos la que caducará, inevitablemente.
El valor de verdad es inversamente proporcional a la posibilidad de ser felices. El problema es que para justificar nuestros anhelos, deseos y motivaciones, o tenemos que poner en juego nuestra propia vida (que es finita, que se acaba, que sólo sucede una vez) sin que nos interese la otra (esta es la explicación más lógica de porque la religión es tal) y de allí es que, nos impongamos mediante estas verdades, que son representaciones de nuestra voluntad y transformemos la vida en un vodevil de no verdades que las tratamos de hacer pasar como tales, para no morir en el intento de obtener lo que queremos y por temor a enfrentarnos a esa muerte.
Ninguna de las fuerzas que se muestran las bombas o que se exhiben en sus fuerzas militares en caso de que las usen, necesitarán esgrimir verdades. Si tal cosa ocurre, es porque nos hemos privado, por miedo y terror, a tratar las verdades más ásperas que desafiaban nuestra condición humana. Acabaremos en la estampa de un sonido que no permitirá logos, que será lo mismo que la larga agonía de privársela a quiénes no pueden comer y a los que tienen miedo de usarla. Una lástima, una pena, algunos pensábamos alguna vez que los humanos estábamos para otra cosa.


9.4.17

La democracia prostibularia (somos las prostitutas del Café Photo de San Pablo).


“En tal lugar, son las prostitutas quiénes escogen a sus clientes. Los hombres (los posibles clientes) entran, se sientan a una mesa, piden una copa y esperan mientras las mujeres los observan. Si una mujer encuentra a alguno aceptable, se sienta a su mesa, deja que le invita a una copa y entabla conversación sobre algún tema intelectual, generalmente relacionado con la vida cultural, a veces incluso teoría del arte. Sí el hombre le parece lo bastante brillante y atractivo, le pregunta si le gustaría acostarse con ella y le comunica el precio” (Zizek, S. Problemas en el paraíso. Pág 26. Anagrama. Barcelona. 2016).
La metáfora es contundente en relación a nuestras democracias actuales. Los representados somos penetrados, cosificados al punto de alquilarnos, para saciar el placer subjetivo de los representantes. Sus fluidos eyaculatorios, circundan nuestros orificios varios, que debemos tener al cuidado y prestos, cuál urna convencional, que aguarda en su abertura lasciva, en su hachazo geométrico, dejarse ser ingresada por el voto, resguardado por el sobre, cual forro protector ante la venérea o el embarazo no deseado, que consagrara el clímax, el grito furtivo del acabose democrático, en donde el goce pasa por privar el otro de la reciprocidad orgásmica, de forma tal de que en tal privación, las leyes de mando y obediencia queden en claro, los tiempos programados, el presente efectivo y real para el acabador y la promesa y el futuro incierto para el acabado.
El club, la whiskería, el garito, el prostíbulo o como se quiera denominar es el espacio público. Sí bien existen leyes, normas, códigos, todo lo que aparece como definición semántica, como campo teórico, no arriba como traducción en la arena de lo cotidiano. El ordenamiento, es más una sensación, un subproducto de lo abstracto. Las verdades a las que remiten esas correspondencias, son solo en el concierto simbólico, en los hechos, mero desconcierto. Es decir creemos que está mal matar o violar, pero cuando tal cosa se perpetra, la penalidad que disponía la ley, se difumina, se dispersa, en ese transitar, se pierde en ese laberinto Kafkiano, y se ejecuta, casi desaprensivamente, con el resultante, plenamente alejado entre lo teórico y lo práctico, acendrando la brecha entre lo que debería haber sido y lo que fue.
Las reglas sin embargo, tal es la modificación que ha instaurado lo democrático, sobre todo tras la caída del comunismo, es  que en el digno ejercicio de alquilar nuestros cuerpos, de prestarlos a cambio de algo, o de someterlo como un bien de cambio, estamos eligiendo en plenas facultades libertarias el desempeñarnos de forma tal ante la vida. El gran logro, lo recalcamos, es que además de putas dignas, invertimos o subvertimos la noción del poder, tal como el soberano que elige a sus mandantes, o los ciudadanos que elegimos a nuestros empleados que nos gobernaran por un determinado período, previamente acordado.
En este prostíbulo democrático, no por casualidad, también en Brasil y en San Pablo, se dio en los ochenta la experiencia futbolística de la “Democracia Corinthiana”, liderada por Sócrates, un modelo de autogestión dirigencial como deportiva, se garantiza la liberta de la puta, del gato (Zizek relata, que le han comentado que es una experiencia clasista, de allí que usemos la categoría gato que sí bien hasta no hace mucho en Argentina se usaba para señalar a la prostituta de nivel, la caracterización gato, devino en señalar al más débil, al más dependiente o sirviente de una población carcelaria, en la actualidad es usado incluso como insulto político) una libertad, a todas luces, ficta, por no declararla perversa. Puertas afuera del prostíbulo, la prostituta no ganará ni el diez por ciento de lo que ganaría adentro, en cualquier otro trabajo. Por tanto esa libertad, más que relativa, esta conculcada. Lo mismo les ocurre a las comunidades occidentales, cuando se le dice que cada dos años, es libre de votar a quién desee. No sólo que están condicionadas por las propias leyes (el poder legislativo otorgando el monopolio de la representación a los partidos, o estableciendo sistemas de elecciones internas que no se cumplen o que devienen en última instancia en la elección de un todopoderoso que unge a los que desea) por las ejecuciones de las mismas (el poder ejecutivo que en tiempos electorales otorga más publicidad a los que medios que se muestran como sus partidarios, mayores recursos en contante y sonante para sus adeptos) sino también por el principal de los poderes que sostiene este andamiaje de la democracia prostibularia. En el mismo libro citado, el esloveno Zizek, narra que en su país el Tribunal Constitucional en diciembre de 2012, frenó un referéndum para que la población se expresara acerca de una política económica clave. El crítico de cine, tal como venimos sosteniendo, sin advertir que es el eje principal, señala la limitación que el poder realiza desde el judicial a la ficción democrática. Sí el día de mañana los ciudadanos de cualquier país, deciden acudir a sus tribunales en forma masiva y sincronizada, para enjuiciar a los políticos que no cumplen sus promesas, a cuestionar la brecha entre la teoría y la práctica, entre la letra de la ley y su traducción con la realidad, por no decir que cuestione fundamentos que damos por hecho como naturales que no son tales: por ejemplo la supuesta igualdad en el número del voto para un ciudadano en el que el estado estuvo presente en su educación, en su salud en brindarle posibilidades laborales y para quiénes no, o en el patrimonio exclusivo y excluyente de los graduados en leyes, para litigar o reclamar ese servicio público de justicia, los resultados serían a todas luces, escandalosos. El judicial, correría su velo y se mostraría tal cual es, un poder, el principal poder que sostiene los privilegios de unos pocos, para someter a derecho al resto y disciplinarlos con la posibilidad de castigo o penalidad en caso de que lo desafíen, subvirtiéndolo o intentándolo.
Para volver a la metáfora, las putas creen elegir, cuando en verdad no tienen otra chance. Tal como nos sucede en la arena electoral, en el campo político, en la democracia prostibularia. Nos terminará dando lo mismo que nos penetre el rubio o el morocho, el joven o el viejo. Ni siquiera se trata en qué posición sexual nos sodomice o las proporciones de su miembro, ni si quiera si lo llega a usar. El uso que hacen de nuestro tiempo, de nuestra atención, la posición pasiva (que intenta ser hábilmente invertida, tanto en el prostíbulo de San Pablo, de allí que se distinga de cientos de miles de lugares en donde la actividad es la misma, como en la democracia donde es el gobierno del pueblo, delegado en unos pocos que son los mismos) rogante, disciplinante, y por sobre todo el resultante es lo determinante. El clímax, el goce, el polvo, el placer, (traducido en la metáfora política, los mejores sueldos, las mejores posibilidades, el acceso indeterminado a bienes, los privilegios, las prerrogativas) son para los acabadores, los acabados, en el mejor de los casos nos quedamos con algunos pesos, con algún mendrugo (en los ámbitos más marginales los votantes se quedan con bolsas de mercadería, vales de supermercados, colchones, chapas, bienes baratos que galvanizan la práctica institucionalizada de la prebenda o el clientelismo electoral) cuando no, con la promesa de que seremos amados, rescatados del prostíbulo, que tendremos la posibilidad de llevar otra vida eligiendo otra manera de ganarnos los recursos que nos posibiliten el ejercicio de la elección bien entendida. Estas son las condiciones esenciales, de lo que damos en llamar “El acabose democrático”, un escenario en donde o acabamos todos, en el sentido orgásmico o de placer real, o terminaremos todos acabados, en su sentido lato.